Vinos adaptándose al cambio climático

Vinos adaptándose al cambio climático

Hace años, cuando el concepto de cambio climático no era más que dos palabras sin sentido aparente, los habitantes más longevos -y no tanto- de la provincia de Ávila recuerdan el verano como una estación oasis en medio de un crudo año marcado por las continuas lluvias y las gloriosas heladas y nevadas de invierno.

Por aquel entonces, los veranos más frescos se despedían apenas finalizar agosto, dando paso a un húmedo septiembre que era la antesala de lo que estaba por llegar. “Eran otros tiempos. Tiempos mejores. El agua no faltaba en el embalse que apenas conocía la sequía, aunque también las había”, comenta Constantino García, un habitante de El Tiemblo.

Él, de hecho, explica ilusionado cómo a principios de octubre las intensas lluvias y el tiempo más fresco propiciaba el nacimiento de los níscalos (Lactarius deliciosus) en todas las laderas del monte aledaño, que se cogían “a espuertas” durante esta época.

Algo parecido ocurría con los viñedos, que ofrecían a sus cultivadores frutos de enorme calidad incluso en los años menos favorables. “Son plantas que lo resisten todo. Con el mínimo de cuidado ellas solas ya saben lo que tienen que hacer”, relatan los viticultores del lugar.

En la actualidad, la situación es mucho más caótica que por aquel entonces: el tiempo se ha vuelto totalmente impredecible. “Unos días llueve y otros no. Hace calor hasta en diciembre y apenas llueve”. Razón no le falta al vecino tembleño, pues ese cambio climático apenas conocido ha conducido a un tiempo más caluroso y seco en toda la región de Ávila.

Para hacernos una idea de la situación que se vive, en embalse de El Burguillo que baña a El Tiemblo se encuentra en estos momentos al 36% después del paso de la borrasca Bárbara. El año pasado por esta semana la cifra se situaba en torno al 15%, cuando la media de los últimos 10 años es del 46%.

Para la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), la situación de Ávila no es excepcional. Tal y como detallan en su primer informe anual sobre el estado del clima en España, correspondiente al año 2019, nuestro país se ha convertido en los últimos 50 años en un territorio más cálido y seco que, por otro lado, ha incrementado su demanda evaporativa.

Esto no quiere decir otra cosa que el rendimiento del agua ha disminuido por lo que se necesita más agua para realizar las mismas tareas, poniendo aún más si cabe en peligro su disponibilidad.

Ahora bien, lo que para algunos puede suponer tan solo un dato curioso, para muchos habitantes de Ávila es una lacra, sobre todo aquellos que basan su vida o parte de su sustento en el cultivo de viñedos. Cultivo que, según los expertos y aunque no lo parezca, es uno de los más sensibles al cambio climático.

“Normalmente las uvas las recogíamos a principios de septiembre. Aunque este año ha sido más húmedo, la falta de agua y las altas temperaturas no han dejado de estar ahí, por lo que algunos prefieren recoger las uvas antes. Yo en mi caso, prefiero que reposen y crezcan el máximo posible unos días más”, comenta un viticultor del municipio abulense de El Hoyo de Pinares.

Sin duda, este cambio en la vendimia se ha vuelto en una norma general, casi sin excepciones. Juan Jesús Méndez, director de Bodegas Viñátigo, en Santa Cruz de Tenerife, declara que durante las últimas semanas se han registrado temperaturas de hasta 30 grados, algo inusual para la época, al igual que una reducción en la pluviometría.

“Este nuevo escenario se traduce en un adelanto de la vendimia para poder mantener los parámetros del azúcar, la acidez y la concentración fenólica. Por no hablar de la posible desaparición de muchas viñas que no se podrán adaptar a este nuevo escenario”, subraya el director de la bodega.

En este sentido, un estudio publicado en la revista Regional Environmental Change destaca que en un escenario en el que apenas se reduzcan las emisiones, las temperaturas medias en el área mediterránea se incrementarán en cuatro grados con respecto al periodo de 1981-2005.

“Este incremento provocará que en muchas zonas productoras de Francia, España, Italia y Portugal la temperatura acabe siendo superior a la óptima para el cultivo de la viña, situada alrededor de los 25 grados”, señalan los autores del trabajo.

En cuanto a la precipitación, los investigadores prevén que la media anual disminuya en torno a un 24% en el sur de Europa y en la vertiente mediterránea, mientras que se incremente un 4% en el centro y norte del continente.

“Las viñas mediterráneas toleran ciertos niveles de sequía gracias a los sistemas arraigados profundos. Sin embargo, una disminución sustancial de la precipitación durante la temporada de maduración puede causar una reducción importante de la disponibilidad de agua durante los periodos de crecimiento y maduración”, añaden los autores.

Otro estudio publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) va un paso por delante y subraya que, si la temperatura media se incrementa por encima de los dos grados que sostiene el Acuerdo de París, España e Italia pueden perder el 65% y el 68%, respectivamente, de las áreas climáticamente adecuadas para cultivar viñedos.

Para la Federación Española del Vino (FEV), este supuesto se trataría de una hecatombe sin precedentes puesto que el sector genera una facturación total de 6.500 millones de euros al año, o lo que es lo mismo, el 1% del PIB de España.

La solución para evitar el desastre pasa para algunos, como Juan Jesús Méndez, por huir hacia las montañas en busca de nuevos terrenos más húmedos y frescos en los que poder cultivar. Otros, como Ignacio Morales-Castilla, autor del segundo estudio, proponen otra idea mucho más accesible que puede incluso generar negocio: buscar variedades de cultivo que se adapten mejor a los escenarios climáticos venideros.

Al igual que ocurre en el resto de los cultivos, en España se ha usado masivamente solo 12 de las aproximadamente 400 variedades de uva que existen en nuestro país, algunas de ellas idóneas para utilizarse en escenarios de cambio climático.

“Si se siguen cultivando las mismas variedades, se podrían perder hasta un 56% de zonas aptas para el cultivo de uva, pero en nuestro estudio descubrimos que la apuesta por cultivos mejor adaptados al calor y a la sequía podría suponer pérdidas de solo el 24% de las regiones cultivables en el mundo, lo que supone un avance”, señala Ignacio Morales-Castilla.

Ahora bien, este cambio en la producción para salvar el sector puede suponer también una transformación en los hábitos de consumo de las personas que pueden mostrar cierto rechazo a las nuevas variedades. Desafíos que, según la ecóloga y experta en viñedos, Elizabeth Wolkovich, solo podrán solventarse “siempre y cuando los productores se sientan cómodos y receptivos al cambio”.

“La efectividad de cualquier estrategia depende tanto de los productores de uva como de las personas en general. Los consumidores que estén dispuestos a probar nuevas variedades pueden desempeñar un papel importante para ayudar a salvar las regiones que la gente ama. La legislación puede alentar a los productores a probar nuevas variedades. Y en última instancia, las personas pueden tener el mayor impacto a través del trabajo para reducir las emisiones a nivel mundial “, destaca la experta.

Al final, todo se reduce a una cuestión de tiempo. Tiempo que nos dirá si los viñedos y los legendarios productos que han saciado la sed de la humanidad durante siglos perdurarán con nosotros o, simplemente, se extinguirán tal y como los conocemos, irónicamente, bajo los pies de aquellos que los han cultivado durante tantos años.

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