Sí, las plantas también tienen tumores

Sí, las plantas también tienen tumores

Quizá uno de los mayores temores cuando vamos al médico sea escuchar las palabras “cáncer” o “tumor”, las cuales están relacionadas con crecimientos anómalos de ciertas células que pueden conducir a la muerte. Al igual que en los humanos, en las plantas también puede ocurrir este fenómeno; sin embargo, a diferencia del cáncer animal, en las plantas estos cánceres casi nunca matan a la planta; son respuestas de protección de las mismas al ataque de algún organismo, entre los que destacan los virus, las bacterias, los hongos, algunos gusanos y ácaros. En ese sentido, los principales inductores de estos tumores son los insectos; estos organismos provocan un crecimiento desmesurado de algún tejido vegetal, creando aglomeraciones de células, también conocidas como agallas.

El mecanismo de formación de agallas es complejo y es inducido por las hormonas del crecimiento vegetal. En el caso particular de los insectos agalleros, el mecanismo de la formación de las mismas comienza cuando el insecto hace una pequeña perforación en algún tejido vegetal para colocar sus huevos, por ejemplo, en las hojas o tallos; esta acción desencadena el incremento de hormonas que estimulan el crecimiento de los tejidos de la planta, los cuales cubren y aíslan al huevo del insecto. Cuando las larvas emergen, se alimentan de estos tejidos, por lo que las agallas proporcionan refugio, alimento, y protección ante las condiciones ambientales y los depredadores.

Las agallas pueden tener formas y colores muy diversos y presentarse prácticamente en cualquier parte de la planta, como los tallos, las hojas, flores, los frutos, e inclusive en las raíces (Figura 1).

Se sabe que existen alrededor de 13,000 especies de insectos formadores de agallas, que abarcan especies de mariposas, escarabajos y pulgones; empero, los principales grupos de insectos formadores de agallas son las moscas y avispas. Cabe mencionar que cada especie de insecto provoca un tipo específico de agalla, por lo cual es relativamente fácil reconocer la especie de insecto formador de agalla; un ejemplo muy común son las avispas que ovipositan en las hojas de los encinos, las cuales forman agallas que se asemejan una manzana, de color café o rojizo, pero que no pesa, y que regularmente tiene una hoja pegada (Figura 2).

Figura 2. Agalla en el tallo de un encino producida por una avispa (Cynipidae, Andricus quercuscalifornicus). Fotografía obtenida de Naturalista.

Otros ejemplos de agallas que podemos identificar fácilmente son aquellas que crecen en las hojas de aguacate: estas protuberancias son producidas por un insecto pequeñito llamado psilido que en su etapa adulta succiona la savia de las plantas (Figura 3).

Figura 3. Hoja de aguacate con numerosas agallas producidas por un pequeño insecto succionador de savia (Hemiptera, Trioza anceps). Fotografía obtenida de Naturalista.

Un ejemplo sorprendente lo constituyen las higueras y sus avispas polinizadoras; en este caso, diminutas avispas entran al higo y depositan sus huevos en las flores, las cuales posteriormente se transformarán en agallas; todo esto se lleva a cabo dentro del higo. Estas agallas brindan alimento y seguridad para el desarrollo de las larvas de las avispas, mientras que la otra porción de las flores es polinizada y producirá semillas (Figura 4).

Figura 4. Corte transversal de un higo (Ficus petiolaris) en el cual se aprecian las avispas (Pegoscapus sp.) emergiendo de una agalla. Fotografía de Eva. M. Piedra-Malagón.

Si bien estos tumores muy pocas veces matan a la planta, sí tienen consecuencias negativas para su desarrollo debido a que afectan a las hojas de planta y por ello limitan la fotosíntesis, además de que muchos de los nutrientes que la planta utiliza para su crecimiento son secuestrados por la agalla.

Algunas especies de insectos inductores de agallas tienen preferencias por las estructuras reproductivas de las plantas, como son las flores o inflorescencias; en estos casos, las flores, en lugar de producir un fruto y semillas, forman una agalla, lo que afecta negativamente su reproducción (Figura 5).

Figura 5. Agallas y frutos sanos (vainas) de una leguminosa (Parkinsonia praecox) en el Valle de Tehuacán-Cuicatlán. Fotografía de Armando Aguirre-Jaimes.

Las agallas tienen múltiples funciones en los ecosistemas porque, además de ser vitales para el desarrollo de las larvas de los insectos, pueden funcionar como refugio para otros organismos una vez que los insectos agalleros las abandonan; por ejemplo, las arañas pueden ocultarse dentro de ellas esperando capturar presas. Así mismo, muchas especies de hormigas las utilizan para protegerse de depredadores. Además de la importancia ecológica, las agallas de las plantas han sido utilizadas con fines farmacológicos en diferentes lugares del mundo para el tratamiento de infecciones bucales, diarreas y hemorroides. También se han utilizado para curtir pieles y la fabricación de tintes debido a su alta concentración de taninos (compuestos químicos responsables del color rojo). En algunos lugares de México se utilizan de manera lúdica, ornamental y para consumo humano, mientras que en otras regiones de América del Sur se usan como control biológico de plantas plaga.

Como hemos visto, las agallas pueden contarnos historias muy interesantes. Al conocer su biología, podemos llevar a cabo acciones de manejo de especies que pueden ser plagas, así como comprender su papel en los ecosistemas y promover acciones para la conservación de estas interacciones en los ecosistemas naturales.

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