Mujeres cultivando en el patio de sus casas

En Bogotá, Colombia, la agricultura urbana es un fenómeno que se mantiene vivo gracias al trabajo de cientos de mujeres. Ellas son ejemplo de por qué vale la pena sembrar los propios alimentos.

Están el sol, la lluvia y los desperdicios orgánicos que pueden convertirse en abono, en tierra. Y los balcones, las paredes, las terrazas, los jardines y los patios, todos lugares propicios para que, con un poco de atención, se dé la vida, nazcan los alimentos.

En eso consiste la agricultura urbana, en sembrar en medio de la ciudad para reconectarse con la naturaleza, ayudar a la economía del hogar, reducir la generación de basuras y al mismo tiempo garantizar que se está consumiendo un alimento saludable, orgánico, sin químicos.

En Bogotá esta labor es llevada a cabo sobre todo por mujeres, quienes representan el 80% de los agricultores urbanos, de acuerdo con un estudio llevado a cabo por el ingeniero agrónomo Diego Ricardo Rodríguez, magíster en Medio Ambiente y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia.

De ellas, más de la mitad son mayores de 50 años, no tienen pensión y en su mayoría provienen de zonas rurales. Llegaron a la capital en medio de procesos migratorios, voluntarios o forzados, y allí su conocimiento ya no tenía valor porque no tenían dónde aplicarlo ni les servía para sobrevivir.

Durante muchos años se dedicaron al hogar, a otros trabajos y al sostenimiento de sus hijos, pero en silencio seguían siendo las herederas de las prácticas de sus abuelos y ancestros.

“Las agricultoras urbanas siempre tuvieron una posición en desventaja, pero lo bueno es que ellas conocieron cómo se hacía la agricultura antes, y conocieron cómo se hace ahora, conocieron cuáles son los efectos de la revolución verde, que es el uso de plaguicidas, de fertilizante químico, de maquinaria”, asegura Rodríguez.

Así que son ellas quienes guardan en su paladar el recuerdo del verdadero sabor de los alimentos, de la papa, la guatila, la alverja, que según Ligia Flor Sarmiento antes no eran tan “aguachentas”. Ahora “todo es distintísimo, sí señora, ¡y carísimo!”.

Ligia Flor, de 75 años, nació en Junín, Cundinamarca, pero terminó viviendo cerca de la capital, en La Calera, donde colaboraba en una huerta. Era su pasatiempo, pero no pudo seguir ayudando por “la osteoporosis y la artrosis, que ya para uno agacharse le duele a uno mucho la cintura”.

Al igual que Ligia, en el estudio de la Universidad Nacional la mayoría de las mujeres dijeron poder diferenciar los productos orgánicos de los químicos. “Ellas ubicaron diferencias de sabor, olor, diferencias en la salud, en el tamaño. Ellas atribuyen enfermedades al uso de químicos. Muchas dijeron curar a sus hijos con la comida orgánica que sacaron de sus huertas”, explica Rodríguez.

En este sentido, las mujeres que trabajan en las huertas no solo abastecen sus hogares sino que reivindican el derecho a una alimentación sana. Pero, además, se empoderaron porque adquirieron independencia, ganaron autoestima y tejieron relaciones sociales.

“Muchas de estas mujeres estaban solas, en la casa, mirando por una ventana, entonces estos encuentros para ellas significaron un cambio de vida”, asegura Rodríguez.

Por ejemplo, en la Huerta Agroecológica Floralia, en el barrio del mismo nombre, en la localidad de Kennedy, cinco mujeres se reúnen cada martes y trabajan juntas durante más de tres horas. Una de ellas camina durante 40 minutos, en cada trayecto, para cumplir su cita.

Con el tiempo se hicieron amigas. “Uy, sí señora, es hermoso, se comparte mucho. Bueno, en mi caso yo estoy con mi esposo, otra está soltera, otra el esposo se le murió, entonces al conocernos en esto uno ya está como pendiente la una de la otra. Es muy bonito, y hemos participado en mercados, en charlas, en encuentros”, cuenta Maria Elvira Niño, una de las agricultoras.

Los orígenes de Maria Elvira -como los de Ligia Flor- se rastrean hasta Junín, de donde era su madre. Lo de la huerta lo hace por su recuerdo, “por lo que yo veía de ella, por el conocimiento que ella tenía para estar sano. Mi madre venía de afuera y todos sus conocimientos eran de sabiduría, como muchos campesinos”.

En su investigación, Ricardo también encontró que en Bogotá los agricultores todavía hacen algo que se hacía en el campo: el fogón campesino, que consiste en que se reúnen y hacen un sancocho con los productos de la cosecha.

“Comparten la cosecha y ese momento para ellos es súper importante porque no es solamente reunirse sino también dar un significado a las enseñanzas de sus ancestros, a continuar la vida digamos un poco como ellos la concibieron, como les enseñaron”, explica Rodríguez.

Pero no son solo los adultos mayores quienes se benefician de esta práctica. Rodríguez detectó que había huertas urbanas en conjuntos residenciales, parques públicos, hogares geriátricos, hospitales y centros de niños en condición de discapacidad. En todos estos casos la agricultura urbana era utilizada como una terapia que generaba hábitos y ayudaba a socializar.

También conoció una experiencia para rehabilitación de personas con drogadicción, en San Cristóbal, así como un caso de una huerta en la que trabajaban actores de distintos bandos del conflicto armado.

Lo malo es que estas huertas son muy cambiantes: funcionan por temporadas y muchas se acaban después de un tiempo, por lo que son difíciles de cuantificar. No obstante, Rodríguez calcula que si se considera que un agricultor urbano es “una persona de origen campesino que quisiera seguir reivindicando una idea ambiental de la vida”, su número estaría entre los 2.000 y los 3.000 agricultores.

De la ciudad al campo

¿Por qué no siembra su comida?, le preguntaron hace más de diez años a Helena Villamil, una bogotana que había estudiado cocina y tenía un restaurante en el barrio La Perseverancia. ¿Eso se puede?.

Sí, y el proceso es muy sencillo: si uno tiene una cáscara de banano, en vez de tirarla a la basura para que se pudra, se puede picar y volver abono. Lo mismo con cualquier otro desecho orgánico. Este proceso se conoce como el compostaje. Los desperdicios se convierten en abono para crear más alimentos, los cuales a su vez dejarán desechos que luego volverán a la tierra. Así se completa el ciclo.

Eso fue lo que aprendió Helena en un curso de agricultura urbana que hizo en el Sena, ya que antes no había tenido ningún contacto con el campo. De modo que en su huerta la tierra no se baja de una montaña sino que se obtiene de los desechos, tanto los de su casa como de las de sus vecinos.

“¡Mire esta maravilla! El hecho de ver esto, la transformación de esto, de mis hollejos o desperdicios y verlos convertirse en tierra y ser mi producto en el que siembro, esto es de cambiar mentes”, asegura Helena.

A ella este descubrimiento le cambió su visión de la vida. Descubrió que la condición del hombre no es trabajar hasta enfermarse para conseguir dinero sino “obtener su comida por sus propias manos y con el sudor de su frente, ¿no? Nos quejamos mucho de la vida, y soy yo -porque la vida es perfecta- soy yo la que tengo que cambiar”.

Estar ahí, entre rascacielos de bancos y compañías de seguros, para ella es todo un acto de resistencia, de rebeldía: mientras ellos construyen, ella siembra. Mientras ellos van a supermercados, ella sale de compras a su huerta.

Helena no necesita casi nada: fumiga con las plantas de su huerta -tabaco, cebolla y hierbas aromáticas- y tiene más de 70 productos diferentes, los cuales hacen un control biológico natural, porque a los insectos que les gusta una planta no les gusta la otra.

Sin saberlo, Helena utiliza el mismo método de siembra de los muiscas que habitaban estas tierras. Ellos sembraban distintas especies en arreglos de diferente altura; su arreglo clásico era calabaza, maíz y frijol.

De acuerdo con Rodríguez, la agricultura urbana no es un invento moderno. “Es un fenómeno que tiene antecedentes prehispánicos porque aquí había confederaciones muiscas en la zona de Bogotá y Cundinamarca. Por ejemplo, Suba, Usaquén y Tibabuyes eran aldeas y ellos tenían varias formas de sembrar allí mismo”.

Muchas agricultoras son herederas de sangre de indígenas y campesinos. Otras, como Helena, nacieron y crecieron en la ciudad pero decidieron cambiar su vida. Para Ricardo, el futuro de la agricultura urbana radica en personas como Helena, en citadinos que estén dispuestos a volver a lo rural. A ellos se les conoce con el nombre de “neorurales” y son personas que, cansadas de la urbe, deciden migrar al campo para vivir una vida más sencilla.

Cuando las agricultoras urbanas de la actualidad mueran y se lleven consigo su saber ancestral, ellos serán sus herederos, los encargados de cerrar el ciclo y devolver su conocimiento a la tierra de donde vinieron.

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