Las Plantas de Darwin

Las Plantas de Darwin

Charles Darwin reconocía en la introducción de su libro ‘The different forms of flowers on plants of the same species’ (1877) que debería haberlo escrito un «botánico reconocido, distinción que no me puedo atribuir». Darwin no se dedicó a la identificación de las plantas ni se preocupó por describir las novedades botánicas que pudo encontrar en su recorrido americano a bordo del Beagle. Por el contrario, sí se interesó, por cómo crecían y dedicó tiempo a cultivarlas y observar su desarrollo. Desde esa faceta de jardinero, tan arraigada en la nobleza británica del siglo XIX, fue un colaborador habitual de la revista ‘The Gardeners’ Chronicle’, fundada en 1841 por algunos de los paisajistas y botánicos británicos más destacados del momento. En ella publicó sus primeras contribuciones, antes de llevar sus más detallados estudios botánicos ante la Linnean Society.

Desde el Jardí Botànic de la Universitat de València celebramos hoy el Día Darwin, con el fin de recordar la fecha de nacimiento del científico británico, el 12 de febrero de 1809, y comentar la vertiente más botánica del autor de ‘El origen de las especies’. Porque a Charles Darwin le preocupaban las adaptaciones de las plantas y, muy especialmente, su capacidad de movimiento, en unos seres vivos tenidos tantas veces por inmóviles. Estudió el comportamiento de centenares de especies. En su mayoría exóticas, obtenidas en los jardines botánicos británicos, muchas en ‘The Kew Gardens’. Pero también desarrolló experiencias con las plantas silvestres que nacían espontáneamente en su finca de Downe, unos kilómetros al sur de Londres.

Muchas de las especies que observó Darwin se cultivan en el Jardí Botànic de la Universitat de València y, fácilmente, podemos seguir su desarrollo o comportamiento atendiendo las explicaciones del autor británico. Sabemos por él que las hojas de la trompeta de los ángeles (‘Maurandya barclayana’) tienen pecíolos sensibles capaces de rizarse sobre las ramas de las plantas próximas. Que ese giro que las fija y les permite ascender sobre las plantas próximas se completa en un tiempo de unas tres horas y media. Sabemos también, y lo podemos observar en nuestro Invernadero Tropical, que las enredaderas que desarrollan zarcillos, como la parra de hoja de castaño (‘Tetrastigma voinierianum’), son más eficientes trepando que las que se fijan mediante raicillas, como el ficus trepador (‘Ficus pumila’).

En el invernadero de las orquídeas veremos florecer en primavera la vainilla (‘Vanilla planifolia’), también una planta trepadora de tallos volubles, que giran en el aire sobre sí mismos. Pero Darwin nos explica las razones por las que, sin los insectos propios de sus originales selvas tropicales de México, solo podamos hacerla fructificar para obtener sus aromáticas vainas después de una polinización manual. En este invernadero, durante las semanas centrales del invierno, florece la famosa orquídea de Darwin, ‘Angraecum sesquipedale’, también llamada estrella de Navidad. Observó el larguísimo espolón en el que se prolongan los pétalos de esta orquídea de Madagascar, donde la planta concentra néctar, y predijo que habría una mariposa con una espiritrompa tan larga como la longitud del espolón. El hallazgo se produjo en 1907, casi 50 años después de las observaciones hechas por Darwin al ver la flor.

Si esperamos al final de la primavera, podremos observar, en las balsas del Botànic, cómo crece y florece la salicaria (‘Lythrum salicaria’) y ver sus complejas flores heterostilas de tres tipos diferentes sobre la misma planta, Darwin interpretó que era una estrategia de la planta para evitar la autofecundación.

Quince años de estudio de las carnivoras

Finalmente, podemos ir hasta el invernadero de las plantas carnívoras, que quizás deberían llamarse insectívoras, ya que consumen poco más que insectos. En 1860, a partir de la observación de los numerosos insectos que cubrían las hojas de las droseras de una turbera próxima a Londres, Darwin empezó a interesarse por esta curiosa adaptación de las plantas que viven en suelos muy lavados y pobres en minerales básicos para el metabolismo vegetal. Dedicó 15 años al estudio de decenas de especies de casi todos los géneros de plantas insectívoras y nos describe con detalle sus movimientos y su forma de alimentación en ‘Insectivorous Plants’ (1875).

Los textos de Charles Darwin, con sus detalladas observaciones y descripciones, podrían acompañarnos en un recorrido por el Jardí Botànic de la Universitat de València, deteniéndonos en cada planta y haciéndonos comprender cómo las fuerzas de la naturaleza han modelado sus formas, sus colores, sus texturas, sus aromas o sus movimientos.

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