De la frambuesa al cogollo: la historia de las temporeras de la marihuana

De la frambuesa al cogollo: la historia de las temporeras de la marihuana

Irma Vásquez (46) nunca había metido las manos en la tierra. Nacida y criada en Quinamávida, al este de Linares, en la Séptima Región, siempre se las arregló para trabajar en cualquier oficio que no tuviera relación con el mundo rural. Empezó como camarera en el hotel de las Termas de Quinamávida, una de las fuentes de trabajo de la zona, y luego probó suerte en Santiago y en Linares como asistente de dentista. Pero después de 10 años de oficio, cuando se encontró sin trabajo y nuevamente en su pueblo natal y con un hijo que mantener, volvió al trabajo del hotel.

A fines del año pasado, un rumor comenzó a rodar por la única calle de Quinamávida, de 1.020 habitantes. Que iba a iniciarse un proyecto. Que era de gente de afuera. Que se iba a plantar marihuana. Que iba a ser perjudicial para los jóvenes de la zona. Que qué iba a pasar con la delincuencia. Irma, al principio, reconoce que pensó lo mismo, pero no tuvo reparos cuando supo que este nuevo proyecto necesitaría trabajadores. “Una vecina me dijo que estaban buscando gente y yo vi que había una oportunidad de pega. Vine a una charla y cuando supe para lo que era realmente, me cambió la perspectiva. ¡Quedé fascinada!”, dice Irma, mientras amarra en la cintura las mangas de su overol azul.

Así, el 10 de diciembre de 2015, se convirtió en una de las primeras mujeres de la zona, junto a tres más, en formar parte del equipo de quince trabajadores con que la Fundación Daya inició su proyecto más ambicioso: plantar una hectárea de terreno con 6.440 plantas de marihuana para uso medicinal. La fase inicial de esta aventura requería la revisión diaria del invernadero, para que estuvieran libres de gusanos, y la preparación del terreno. Por las tardes, desplegaban rollos de mangueras para el riego por goteo y hacían hoyos con moldes redondos para asegurar un tamaño uniforme para trasplantar las matas.

Pero ese 10 de diciembre Irma lo recuerda de manera especial. Fue el día en que vio una planta de marihuana por primera vez. “Las había visto sólo por la televisión. Nunca había tenido la oportunidad de estar frente a una de ellas; de tocarla, de sentirles su aroma. Son mucho más lindas vistas así, en persona, además que yo las vi guagüitas, chiquititas, y las planté con estas mismas manos. Nosotros hicimos todo esto”, dice Irma, con la mirada pegada en la hectárea verde. “Cuando las plantamos había mucho viento y al día siguiente estaban todas dobladas, en el suelo. Daba mucha pena verlas, pobrecitas. Pero comenzaron a crecer y, de a poco, las niñas comenzaron a estar más afirmaditas”, dice.

Irma, cuando habla de “las niñas”, se refiere a las plantas de marihuana. “Yo adoro a estas plantitas. Les hablo. De repente pueden pensar que estoy loca, pero a mí me gustan. Además, tenía ansiedad de ver cómo era un cogollo porque como hablaban tantas maravillas pensaba: ¿será tanto así? Para mí, que no cosechaba ni tomates, esto es algo nuevo”, dice Irma, mientras toma un descanso. En plena cosecha, ese día estaba dedicada a sacar los cogollos de las ramas ya secas, para depositarlos en una piscina de medio metro de altura y un metro y medio de largo. El contenido, apelotonado, parece abono de caballo.

Así, cuando la hectárea comience a ser más café que verde, cuando terminen de secarse todas las ramas colgadas en el galpón de 550 metros cuadrados y cuando esta piscina se llene varias veces, habrán cosechado una tonelada y media de cogollos en la plantación de marihuana medicinal más grande de Latinoamérica.

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