La ciudad que vive del cultivo cafetero

La ciudad que vive del cultivo cafetero

La Autopista del Café se detiene en el peaje a la entrada de Pereira. Un gran cartel deja claro qué sucede si no pagas: “Multa de ocho salarios mínimos”. Estamos en el centro de Colombia, en una ciudad a la que llaman la eterna primavera caliente. Aquí familias enteras viven de la prostitución. Pero Pereira también es conocida por ser el motor del Eje Cafetero en el cuarto país productor de esta bebida en el mundo. La primera imagen que a uno le viene al pensar en el café colombiano es Juan Valdez, ese icono publicitario de los 60, y que ahora se moderniza para luchar contra el cambio climático, las plagas y los costes de producción que golpean a los caficultores.

Ya no lleva bigote, sombrero ni poncho. Va afeitado y con traje a medida. Tampoco va acompañado de la mula Conchita, sino que se desplaza en un todoterreno blindado con escoltas. Y es catalán. Su nombre es Javier Teixidó, tiene 48 años y es el presidente de Nestlé en Colombia. Lleva poco más de un año al frente de la compañía suiza en el país latinoamericano y es consciente del papel que juega en la recuperación del debilitado café colombiano. Porque 550.000 familias viven de este cultivo.

“Queremos crear valor compartido con el café para hacer una sociedad mejor. Hace cinco años pusimos en marcha, junto a la Federación Nacional de Cafeteros, el Nescafé Plan para incentivar la producción. Tenemos prevista una inversión de más de 300 millones hasta 2020 para ofrecer a los agricultores una buena formación, asistencia técnica y el suministro de las mejores materias primas para incrementar la productividad y la calidad del café”, explica Teixidó desde su oficina en Bogotá.

Para entenderlo, hay que empezar el viaje a 35 kilómetros de Pereira, en el Centro Nacional de Investigaciones de Café (Cenicafé). Aquí, en una reserva forestal rodeada de cañas de bambú, llevan 70 años desarrollando una tecnología para mejorar la producción en las fincas, la cosecha y la calidad del grano. “Hemos conseguido variedades de café más resistentes a enfermedades como la roya, un hongo que debilita las plantas provocando que el fruto caiga antes de madurar y que ha hecho mucho daño a los agricultores colombianos”, afirma Ricardo Cuña, un biólogo que lleva 32 años trabajando en Cenicafé.

Los 250 empleados de este centro han mejorado los genes del grano juntando órganos reproductores de varias plantas para obtener una óptima variedad de la especie Arábica -originaria de Etiopía y que representa el 75% de la producción mundial de café-. «Como resultado del cruce entre la variedad Caturra y el Híbrido de Timor, se obtuvo la variedad Castillo, que permite altas densidades de siembra, aumenta la producción, y la resistencia a la roya», explica el biólogo.

La segunda parada que hay que hacer para entender la cadena del cultivo del café colombiano es en los Viveros. En Caicedonia, uno de los pueblos del realismo mágico de Gabriel García Márquez, en el corazón del Valle del Cauca, uno de los 32 departamentos colombianos, nos espera un equipo de ingenieros agrónomos de la Federación de cafeteros. Ellos recogen la mejorada variedad Castillo de Cenicafé en granos de pergamino seco. Después de que germinen -aparece el primer par de hojas que se llaman chapolas-, lo siembran en bolsas de polietileno con tierra y materia orgánica en las 4.600 hectáreas del Vivero Proagrocafé de Caicedonia. Reciben el nombre de colinos y permanecen allí hasta que las plantas están desarrolladas para llevarlas a los caficultores. “Hemos entregado 16 millones de plantas que son un 60% más resistentes a la roya que las que tenían antes”, dice el ingeniero Luis F. Soria.

A su lado está Ricardo Piedrahita, gerente de sostenibilidad de Nestlé, que nos acompaña en el viaje. “Damos las plantas a los caficultores gratis y son libres de vender después los granos a quien quieran. Pero no somos una ONG, invertimos mucho pensando en un futuro en el que todos saldremos ganando”, dice Ricardo, hijo de cafeteros que en los 70 fue reclutado para luchar contra las FARC.

Mauricio también luchó contra las guerrillas. Este hombre de 46 años trabaja de seis de la mañana a cuatro de la tarde preparando las chapolas. Cobra 450.000 pesos (121 euros) al mes. Su muje0r, Marta Lucía, era una taxista que se ha metido a trabajar en el vivero porque gana más dinero. Ahora es chapolera -campesina- con pañuelo en la cabeza y sombrero de tranza de palma. Ellos son dos de los 50 trabajadores que se ensucian las manos de tierra cada jornada en este vivero.

Es mediodía, y es hora de visitar las fincas a las que llevan las plantas de café. Nos acompaña Wilson Elías, es extensionista, el ingeniero agrónomo encargado de asesorar, atender y visitar a los productores. “Soy el guardián del caficultor”, bromea.

Atravesando la selva por el Valle del Cauca, llegamos a la finca de Jaime González. Él forma parte de ese 5% de grandes caficultores que tienen más de 5 hectáreas de café. “Tengo 30 hectáreas y 50 empleados en cosecha. Me he dedicado a esto toda la vida y me encanta”, cuenta Jaime, que paga a 500 pesos (0,14 euros) cada kilo de café recogido.

El proceso, paso a paso

Jaime nos da un paseo para que veamos cómo sus empleados recogen uno a uno los granos de café maduros en forma de cereza. El siguiente paso es el despulpado, donde se separa la almendra del café de la cáscara y la pulpa. Se lleva al tanque de fermentación que retira el mucílago (viscoso), se lava el grano y se seca en la plancha que cubre el techo de una caseta.

Cuando el grano ya está listo, Jaime lo mete en sacos y lo lleva a la Cooperativa de Caicedonia, donde hoy le pagan el kilo a 5.624 pesos (1,49 euros). “Depende del precio de la Bolsa de Nueva York. Cada día cambia, lo que hemos notado es que la producción en la zona ha crecido un 40%”, nos dicen desde la Cooperativa, que se lleva una comisión del 0,5%.

Desde allí nos vamos hasta Armenia, la capital del Quindío, en el Eje Cafetero. Llegamos a la Trilladora Almacafé, que compra a las cooperativas el café pergamino. Allí, clasifican el grano según la calidad, lo limpian, pasa por tres máquinas que lo seleccionan por tamaño, peso y densidad y, finalmente, lo meten en sacos de 70 kilos. Estos los mandan al puerto de Cartagena de Indias y los llevan en barco hasta países como España.

Acabamos el viaje haciendo una cata en la Federación de Cafeteros en Bogotá. Nos piden valorar el aroma y la acidez. Pero la primera sensación que se percibe es de admiración por un país que intenta que su Juan Valdez sea de nuevo referente mundial.

Una dura labor

Para entender todo el trabajo que tiene detrás el café, solo hace falta echar una mirada a las manos magulladas de Adriana María Castro. Ella es una de esas increíbles mujeres que hacen que en la otra punta del planeta no nos falte el café calentito a primera hora de la mañana. Vive en una pequeña casa de madera en medio de la selva en el Valle del Cauca. Su marido tiene una hernia de colon y casi no se puede mover. Sus dos hijos, Ramón José de cinco años y Jéssica de 15, corretean por la finca mientras Adriana nos enseña las cuatro hectáreas de café que cuida ella sola todos los días. “Ahora, gracias a las plantas que me han dado, ya no tengo plagas y me han enseñado a hacer balances para que me cuadren las cuentas”, dice sonriente la mujer, que nos muestra sus cuadernos donde toma nota de todo lo que ocurre en su pequeña finca. En una de sus páginas, tiene anotados hasta los animales que le han visitado este año: nueve tipos de aves, seis tipos de culebras, un lobo y un camaleón. “Lo único que quiero es trabajar duro para que mis hijos puedan vivir del negocio del café al igual que sus padres”.

FUENTE: elmundo.es

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