Transgénicos en Cuba

Transgénicos en Cuba

Los transgénicos son organismos modificados mediante ingeniería genética, en los que se han introducido uno o varios genes de otras especies. Luego, este proceso se conoce por transgénesis, cuya función consiste en lograr plantas y animales a partir de esas características genéticas.

Existen distintos métodos de transgénesis, como la utilización de pistolas de genes o el uso de bacterias o virus como vectores para transferir los genes. En todos los casos ocurre mediante la transferencia de ADN de manera directa o indirecta, utilizando varias metodologías.

La introducción de ADN directo o desnudo puede hacerse por microinyección, electroporación, polietilenglicol, wiskers o agujas plásticas y por bombardeo de micropartículas.

En tanto, la indirecta, sucede cuando el vector que contiene el transgen o gen quimérico se introduce en una cepa de Agrobacterium tumefasciens. Esta es una bacteria del suelo con la capacidad de transferir de forma natural un segmento de ADN denominado ADN de transferencia o T-DNA, a las plantas que producen una enfermedad denominada agalla de la corona. Esta capacidad fue explotada en el laboratorio para transferir segmentos de ADN o genes benéficos.

TRANSGÉNIS EN CUBA

En un interesante y enjundioso artículo del periodista Abel Padrón Padilla, publicado en el sitio digital Cubadebate, el autor apunta que “En julio pasado, generó polémica la presentación de un decreto ley que implementaba la política cubana para la introducción de los organismos genéticamente modificados (OGM) en la agricultura, una alternativa que adopta el país en medio de la necesidad de equilibrar su balanza agraria”.

Al sustentar la propuesta, prosigue el trabajo periodístico, “Armando Rodríguez Batista, viceministro de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma), declaró que la política nacional se propone la inclusión controlada de esos cultivos como alternativa en el desarrollo agrícola, a partir de premisas como la soberanía y la seguridad alimentarias, la agroecología, la sostenibilidad y la soberanía tecnológica”.

Con el sugerente título de Transgénicos en Cuba: El encuentro entre necesidad, ciencia y tecnología, Padrón Padilla cita las palabras del vicetitular del Citma: “lo esencial es incorporar el uso ordenado y controlado de los OGM (…) no estamos diciendo que es el único camino, sino una alternativa más, y es muy importante su vínculo con el momento que atraviesa el país, impulsando la soberanía alimentaria sobre la base de la ciencia, la tecnología y la innovación, la producción nacional y la incorporación de la industria”.

Y prosigue el artículo:

Lo primero que aclara el Doctor Mario Pablo Estrada García, director de Investigación Agropecuaria en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), en La Habana, es que el 90 por ciento de la soja que hoy se produce en el mundo es transgénica.

“Si compras un barco de soja, puede venir un 10 por ciento de soja no transgénica, pero no se segrega. La soja que compramos hace dos décadas, y la compramos en países como Estados Unidos, Brasil y Argentina, grandes productores de ese grano en el mundo, es transgénica. Igual sucede con el maíz.

“Todo el grano transgénico que Cuba consume ha sido aprobado internacionalmente para el consumo animal y humano. Aquí lo aprueba el Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología del Minsap al importarlo; se chequea que esté aprobado internacionalmente (…) incluidos estudios de toxicología, ecotoxicología, nutrición, etc.”, explica el directivo.

EN DEFENSA DE LOS OGM

De acuerdo con el artículo publicado en Cubadebate, “Más de 3 mil 400 científicos y 25 premios Nobel firmaron una declaración en la que señalaban que ‘la modificación responsable de genes de plantas no es nada nuevo ni peligroso’.

“Muchas características, como la resistencia a pestes y enfermedades, han sido introducidas a plantas agrícolas, ya sea utilizando métodos de reproducción sexual o procedimientos de cultivos de tejidos de manera rutinaria.

“La adición de un gen nuevo o diferente usando técnicas de ADN recombinante a un organismo no ocasiona riesgos nuevos ni riesgos más elevados en comparación con la modificación de organismos mediante métodos tradicionales.

“Además, en comparación con organismos modificados mediante métodos tradicionales, la seguridad de estos productos ya a la venta, está asegurada por los reglamentos actuales, cuyo propósito es asegurar la calidad alimenticia. Estas nuevas herramientas genéticas ofrecen más precisión y flexibilidad en la modificación de plantas agrícolas”, esgrimen.

En este escenario, detalla Padrón Padilla, “Cuba queda fuera del mapa de los grandes lobbies internacionales, especialmente alimentados por las multinacionales del sector agroalimentario”, que promueven el negocio de los transgénicos; es un país del Tercer Mundo con una balanza agraria muy negativa que afecta su soberanía alimentaria y, a la vez, cuenta con un avanzado sector biotecnológico.

“En Cuba, precisa,  hablando en lenguaje plano y sencillo, se encontraron la necesidad y la ciencia. Entre las dos, se sitúa una política que introduce los OGM como una alternativa en una estructura regulada y que incluye un monitoreo responsable, con base en la ciencia nacional y en sinergia con otros desarrollos como los bioproductos y la agroecología”.

Al decir del Doctor Estrada García, “El maíz nuestro (híbrido transgénico CIGB) es resistente a la principal plaga que tiene este cultivo en el país, el insecto conocido por palomilla… En esa semilla se usa el gen de una bacteria (Bacillus thuringiensis, BT), que hace más de un siglo se cultiva en el mundo y se aplica sobre los cultivos para protegerlos (…).

“Escogimos el maíz y la soja, explica el investigador, porque tienen una incidencia muy alta en la importación de alimentos. Estamos trabajando en caña, en frijol… Nos asociamos con GeoCuba en el uso de drones en la agricultura, lo que puede tener un alto impacto para asperjar cultivos y dar seguimiento a su estado y sanidad, revisar el riego (…)”.

En otra parte del trabajo se argumenta que, “Acabamos de cosechar más de 550 ha con el maíz híbrido transgénico CIGB. Tuvimos una media de más de cinco toneladas por hectárea. Aumentó 10 veces la productividad. Si buscáramos eliminar o reducir notablemente la importación, sembrando 200 mil ha, produciríamos lo que necesitamos. Disminuiría diez veces el área necesaria. Y logramos cinco toneladas por hectárea con algunas brechas, porque aún necesitamos insumos que lleguen a tiempo, cultura de manejo y otros factores”, comenta Estrada García.

Y adelanta, “Queremos impulsar, en conjunto con la agricultura y las diferentes formas productivas, una empresa de alta tecnología para producir semilla biotecnológica de alto valor que genere un impacto positivo en la agricultura cubana. Podría comenzar produciendo semilla de maíz y soja; luego, de frijol y otros granos. Creo que en el nuevo contexto económico, una empresa así puede tener un impacto positivo.

“(…)¿Qué queremos hacer? La primera meta sería llegar a mil ha de semilla de maíz (el híbrido transgénico CIGB), lo que nos permitiría sembrar 50 mil ha. Con un rendimiento medio previsto de cinco toneladas por hectárea, aportarían 250 mil toneladas. Tendría un impacto tremendo en la economía del país”, agrega, y precisa que “por una cuestión de necesidad, estamos tratando de dirigir la producción al maíz seco para pienso animal”.

Sin lugar a dudas este es un campo que todavía abre enormes perspectivas para la investigación Pero resulta innegable que los resultados hasta ahora son muy prometedores, lo cual sería en el futuro un pilar fundamental para alcanzar una agricultura sostenenible y con autosuficiencia alimentaria, al menos en esas líneas de la biotecnolgía.

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