Plantas rebeldes se han tomado las calles

Plantas rebeldes se han tomado las calles

El primer paseo, mascarilla en ristre, llega tras cincuenta días de reclusión casi ininterrumpida. Los plátanos de sombra de la acera, que el 12 de marzo sacaban las primeras hojas para cubrir su desnudez invernal, nos reciben vestidos de un verde brillante, intenso. Les sonrío.

El parque urbano que yace entre nuestra casa y las vías del tren está inundado de gente haciendo deporte y/o paseando perros, así que mi pareja y yo cruzamos miradas cómplices y nos vamos derechitos en dirección contraria, lejos de las multitudes. Hoy he salido para ver plantas, no personas: quiero comprobar cuánto se ha asilvestrado Palma de Mallorca durante mi ausencia forzada y durante la ausencia de los empleados municipales que se ocupan de cortar estas plantas cada poco tiempo.

Despuntando entre las baldosas de una acera, las malvas silvestres (Malva sylvestris) se desmelenan junto a un coche aparcado; las flores violeta contrastan con el verde oscuro de la chapa. Sus hojas, además de ser ricas en mucílagos que calman irritaciones en la piel (como picaduras de insecto), son comestibles; sin embargo, viendo unos manchones de aspecto sospechoso en el suelo, y tanto perro de paseo… decido que mejor dejar el potaje de malva para otro día.

En los últimos años somos cada vez más personas y colectivos quienes reivindicamos la recuperación de estas plantas silvestres a través de iniciativas variadas, como por ejemplo las jornadas gastronómicas de “plantas olvidadas” que se celebran cada año en Igualada (Barcelona). Pero, de momento, son iniciativas pequeñas y artesanales. Y conviene, además de recolectar con respeto, conocer bien las plantas antes de lanzarse a preparar cualquier receta (o incluso cosméticos), porque el hecho de que sea natural no significa que sea inocuo.

Durante el paseo se respira alivio en el aire, una energía eufórica contagiosa. Y, pese a ello, no puedo negar que estoy un poquito decepcionada. Me había hecho ilusiones, lo confieso. Con tanta foto y tanto escrito en Instagram sobre el resurgir del espíritu recolector de la gente, una parte de mí medio-esperaba, secretamente, ver a multitudes agolpadas alrededor de alcorques emboscados, admirando con embeleso la primavera hecha flor. Y… no. En mi barrio, al menos, parece que sigo siendo la única que le presta atención a la exuberancia verde que se ha adueñado de toda grieta disponible, y que ha transformado alcorques en pequeños bosques.

Lo curioso es que cada una de estas junglas en miniatura alberga una comunidad vegetal distinta. Pasamos junto al alcorque donde reinan las correhuelas menores (Convolvulus arvensis), cuya apariencia delicada es engañosa: sus raíces son tan profundas y difíciles de arrancar, que los franceses decían que llegaban al infierno. Su hermana de flor rosa (Convolvulus althaeoides), en cambio, escala las verjas oxidadas de un descampado cercano, derramándose como una marea primaveral por las aceras.

Un poco más allá está el alcorque de la achicoria que quería ser arbusto, donde los tallos salpicados de flores azul cielo de Cichorium intybus han crecido tanto, que me llegan a la cintura. En los supermercados venden sus raíces tostadas como “sustitutos” del café; sus hojas tiernas, recogidas antes de que la planta espigue, han sido ampliamente consumidas como verdura (tanto, de hecho, que llegamos a domesticarlas, convirtiéndolas en pálidas endivias, o en rojizos radicchio…).

Después están los alcorques dominados por el hinojo silvestre (Foeniculum vulgare), de hojas tan divididas que parecen plumas de encaje verde —plumas muy aromáticas, por cierto—. No es raro que se empleen para aderezar platos como el frito mallorquín, o que se maceren en alcohol para obtener licores varios, con propiedades digestivas (¡y eso, por no hablar de las semillas, o de sus “bulbos”!).

A duras penas contengo la emoción al ver que, en una de estas islas hinojosas, aparece una de las plantas silvestres de sabor más apreciado en España: las collejas (Silene vulgaris). Las flores ya están pasadas, pero los cálices globosos se mecen en la brisa de la mañana, como invitando al niño que vive dentro de nosotros a que coja uno y lo haga explotar entre los dedos. La gente pasa de largo sin dedicarles la más mínima atención. Nadie parece verlas.

A finales de los años noventa, los botánicos James H. Wandersee y Elisabeth Schussler acuñaron el término plant blindness (o ceguera vegetal) para designar el creciente desconocimiento y la falta de apreciación hacia el mundo vegetal por parte de la población joven. En los últimos años han surgido algunas tácticas de guerrilla como respuesta a esta ceguera verde. Por ejemplo, en Francia se popularizó una iniciativa que consiste en escribir con tiza sobre las aceras los nombres de las plantas callejeras (las cuales se volvieron más numerosas desde que la república francesa prohibió el uso de pesticidas en entornos públicos hace tres años). Esta táctica se ha extendido a otras ciudades europeas, como cuenta esta noticia del diario británico The Guardian.

Tenemos la costumbre de calificar estas plantas callejeras como “malas hierbas”, aunque quizás deberíamos cambiar “malas” por “rebeldes que se empeñan en crecer donde ellas quieren en lugar de atenerse a los deseos humanos”. Si las sembramos nosotros y se quedan quietas y obedientes, entonces son buenas; si se siembran solas y demuestran una independencia total respecto a nosotros, entonces son malas. A pesar de que puedan mejorar el entorno urbano, embellecerlo, hacerlo más habitable para los polinizadores, etc., si son insumisas, son malas por definición. Y yo me pregunto, ¿no convendría cambiar esta definición…?

Las paredes del puente y las calles junto a las vías del tren están cubiertas de grafiti de colores brillantes, ofreciendo un fondo espectacular para estas rebeldes de la jungla urbana. Allá crecen avenas bordes (Avena sterilis), y zanahorias silvestres (Daucus carota) de umbelas hechas de filigrana blanca; las hay que cuelgan con el tallo retorcido, señal de que alguien se vio deslumbrado por su belleza e intentó llevarse unas cuantas a casa… sin saber que la zanahoria silvestre no se rinde fácilmente a los tirones de mano. El modo más limpio de persuadirla para que se venga contigo es con un par de tijeras (o, si te pilla desprevenido, puedes aserruchar el tallo con una llave).

Mientras retrato cerrajas rebeldes que parecen posar para la cámara, melilotos que se agostan, cosconillas con tallos salpicados de corazones invertidos, viboreras de corolas violeta brillante… me doy cuenta de que no estoy segura de qué organismos diseñan las políticas de gestión de flora urbana rebelde y deciden sobre el destino de estas ciudadanas verdes.

Al volver a casa, contacto con la regidora de Infraestructuras del ayuntamiento de Palma, y me confirma que la gestión de parques y alcorques es de competencia local. Me comenta que no se emplean herbicidas ni productos no ecológicos; la retirada de hierbas se hace «a través de herramientas y a mano… a nivel de alcorques, y a nivel de aceras, lo mismo».

Sin embargo, la ley dice que los ayuntamientos pueden emplear herbicidas impunemente sin rendir cuentas a nadie… pero quizá sí deberían rendirlas a los seres humanos y no humanos que viven bajo su jurisdicción. Nadie discute que sea necesario gestionar la flora urbana; liberar las aceras de potenciales obstáculos para evitar tropezones, mantener limpios de hierba los sistemas de alcantarillado y evacuación de aguas para que puedan cumplir con su función… Son tareas justas y necesarias para que la ciudad funcione mejor.

Sin embargo, también es justo evitar que la urbe se convierta en un desierto de biodiversidad, es justo compartir el espacio con otros seres vivos que contribuyen al bien común y es justo respirar aire limpio.

Y las plantas que desbordan esos alcorques, que regalan oxígeno al mundo sin causar perjuicio a nadie, no son rebeldes anónimas sin oficio ni beneficio. Tienen nombres, e historias que contar —de resiliencia, de adaptación, de superación—. Algunas son tan bellas que las querrías pintadas en la fachada de tu edificio, tal y como las retrata la artista Mona Caron, gran defensora de estas “malas hierbas”.

Conocerlas quizás no siempre implique quererlas, pero sí reconocerlas dignas de admiración y respeto, aunque solo sea porque son las únicas que se prestan voluntarias, sin que nadie las obligue a vivir entre tubos de escape, a limpiar el aire que respiramos.

En el puente cerca de casa hay un grafiti de un bebé que parece gatear encima de la acera; lleva puesta una máscara antigás. Unos metros más allá, brota una hilera de cerrajas y avena, que enraízan en las juntas entre el bordillo de la acera y el asfalto. Sonrío detrás de la mascarilla; para el próximo paseo conseguiré una tiza.

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