Parientes silvestres de cultivos modernos para garantizar alimentos

Quizá el bambara no resulte familiar fuera de África occidental. Pero este pariente del cacahuete rico en proteínas, que crece bien en climas duros y suelos pobres, figuraba en la lista de prioridades de la búsqueda global de semillas de cultivos alimentarios que podrían salvar la vida en un mundo con un clima más cálido.

Más de 100 científicos han pasado los últimos seis años buscando parientes silvestres de 28 cultivos alimenticios y forrajeros que serán importantes para la seguridad alimentaria mundial, sorteando desiertos, conflictos, inundaciones y serpientes venenosas.

Han trabajado en 25 países, de las montañas de Perú a los campos de la isla mediterránea de Chipre, explorando plantas escuálidas y descuidadas lo bastante fuertes para sobrevivir en estado silvestre. Sus hallazgos, publicados en diciembre de 2019, llenan los vacíos de una base de datos genética internacional que puede aprovecharse para amortiguar los suministros de alimentos globales frente a los efectos erráticos del cambio climático en la meteorología.

Es una misión urgente: el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático advierte que se avecina una crisis alimentaria, ya que las inundaciones y las sequías vinculadas al cambio climático ya están afectando al suministro y al precio de los alimentos. Un informe reciente advierte que se prevé que la cantidad de cultivos producidos a nivel internacional descenderá hasta un 30 por ciento en los próximos 30 años. La escasez de agua añadirá estrés al sistema y amenazará los suministros de trigo, maíz y arroz, presentes en casi la mitad del total de calorías que consumimos.

Esos tres productos básicos figuran en la lista de la expedición, que también buscó versiones silvestres de cultivos como el bambara, la almorta, la cebada perlada o el pie de gallo lejos de sus regiones autóctonas. El resto son alimentos como la cebada, la berenjena, la zanahoria y el plátano.

Según Hannes Dempewolf, científico y director de iniciativas globales del Crop Trust (la organización internacional que gestionó este proyecto de 10 años), la meta no es remplazar lo que comemos ahora.

«Estamos muy unidos a nuestros alimentos y [debido a] la dinámica cultural de diferentes cultivos, cuesta remplazar por completo algunos de ellos», afirma Dempewolf.

La idea es contribuir a que los cultivos se fortalezcan y se adapten mejor mediante un proceso de selección que modifique las variedades domésticas con genes tomados de sus parientes silvestres, que sobreviven a la sequía, la salinidad alta o las enfermedades.

Incluir tantos cultivos en la búsqueda también podría llevar a una gama más amplia de alimentos de los que podremos depender ante el cambio climático catastrófico. Algunos solo son importantes en partes del mundo en vías de desarrollo; otros, en todo el mundo.

«Francamente, pese a sonar drástico, el motivo por el que quizá podamos disfrutar del pan en 10 o 20 años podría ser porque este proyecto haya garantizado parientes silvestres de cultivos como el trigo que no se habían conservado antes», afirma Dempewolf.

Recargando los bancos genéticos

Almacenar o manipular semillas no es un concepto nuevo. Pero la domesticación ha disminuido la diversidad genética de las plantas cultivadas y ha hecho que los cultivos de los que dependemos sean más propensos a sufrir enfermedades y fenómenos climáticos extremos. Ante un futuro incierto y para devolver resiliencia al sistema alimentario, los científicos están recurriendo a las riquezas genéticas de la naturaleza.

Esta misión de búsqueda y rescate forma parte de una iniciativa más amplia. Una red internacional de unos 1750 bancos ya alberga una vasta colección de semillas y otro material vegetal. El más famoso es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, el plan B de la diversidad de semillas del mundo, tanto domésticas como silvestres.

Las labores de preservación de semillas se han intensificado en los últimos años y se ha puesto en marcha un sistema organizado de 11 bancos internacionales, cada uno con una especialidad: patatas en Perú, arroz en Filipinas y cereales de secano en Siria, por ejemplo.

Sin embargo, las reservas están incompletas. El plan para poner en marcha una operación de búsqueda y rescate comenzó con la comprobación minuciosa de las colecciones existentes para determinar qué especies estaban infrarrepresentadas o ausentes y los lugares donde podían encontrarlas.

Tras seis años y más de 3000 días de viaje, la misión se hizo con 4644 muestras de 371 especies o subespecies diferentes, casi el 80 por ciento de las que lo que se habían propuesto recopilar.

Aciertos y errores

El bambara fue una historia de éxito. El pariente silvestre de una especie importante no estaba presente en los bancos genéticos y la búsqueda desveló 17 muestras de él en suelo nigeriano, «entre ellas algunas que cuesta mucho encontrar», afirma Dempewolf.

Esta planta leguminosa, cultivada principalmente por pequeños agricultores de África occidental, puede resistir a las temperaturas elevadas y la sequía y crece bien en suelos pobres. Puede comerse crudo, tostado o procesado en otros alimentos. ¿Podría ser uno de esos cultivos poco conocidos que se convertirá en un alimento del futuro?

«Conozco bien el bambara. Es un cultivo muy importante en muchos países, como el Congo, Madagascar, Chad y Benín», cuenta Joe DeVries, que dirige la ONG Seed Systems Group y lleva años trabajando en el sector de las semillas de África.

El problema, según cuenta, es que las iniciativas modernas de selección lo han pasado por alto, por eso los rendimientos siguen siendo escasos.

La almorta, popular en el Sudeste Asiático y en partes de África oriental, tolera bien la sequía y proporciona comida en épocas de necesidad. Pero si se come demasiado, hay peligro de parálisis por debajo de las rodillas en adultos y de daños cerebrales en niños. Durante una búsqueda en Pakistán consiguieron parientes silvestres con niveles de toxinas más bajos, lo que ha generado expectativas de crear variedades más seguras.

Junto a otros alimentos regionales de la lista (el pie de gallo de África oriental, el guandú del subcontinente indio) hay cultivos más familiares. El equipo descubrió tres especies silvestres de patata en Perú y Ecuador que no estaban presentes en el completo banco genético internacional de Lima. En Portugal localizaron una versión silvestre de la zanahoria que crece bien en suelos más secos y salados y que se está desarrollando para cultivarla en Bangladés y Pakistán. Descubrieron avenas silvestres resistentes a la blanquilla, que devasta los cultivos domesticados, en la región que va de Armenia a Chipre y el Líbano. En Kenia observaron cuatro parientes silvestres de la berenjena que no figuraban en los bancos genéticos.

Pero no todo fueron buenas noticias. En ocasiones, el equipo llegó demasiado tarde al rescate. En Nepal, Dempewolf vio plantas de arroz silvestres  que habían caído presa de los cambios de hábitat provocados por los humanos. «Para mí, aquel fue probablemente uno de los recordatorios más crudos y urgentes de lo importante que es este trabajo», afirma.

El equipo también corrió riesgos. En Nigeria los recolectores tuvieron que sortear inundaciones y una insurgencia del grupo yihadista Boko Haram. En Ecuador tuvieron que llevar botas con puntas de metal que les llegaban hasta la espinilla para evitar las mordeduras de serpientes cuando buscaban una variedad esquiva de arroz silvestre. Y en Italia empezaron a perder la esperanza de encontrar un guisante con bulbos comestibles hasta que un investigador local avistó uno por la ventana de un tren (se bajó en la próxima parada).

Chris Cockel, coordinador del proyecto del Banco de Semillas del Milenio en el Real Jardín Botánico de Kew, Reino Unido, explica que además de valorar las muestras, los científicos locales también empezaron a apreciar las plantas herbáceas que normalmente pasaríamos por alto. «El motivo por el que son interesantes es que han sobrevivido al margen, sin influencia humana», explica.

Un largo camino hacia cultivos más resistentes

Un tercio de cada remesa de semillas rescatadas se preservó en el país donde se habían recolectado. El resto se trasladó a la seguridad del banco del Jardín Botánico de Kew, que conserva copias originales, pero distribuye muestras por encargo. Cockel ya ha enviado cargamentos a los bancos genéticos de nueve países y hay tres más preparados.

Los criadores de los bancos genéticos usan las semillas para empezar a desarrollar variedades que poseen el sabor y el aspecto de los alimentos que conocemos, pero que tienen ventaja a la hora de sobrevivir gracias a su vida en estado silvestre. Esto comienza con el «premejoramiento», un proceso laborioso que consiste en cruzar el pariente silvestre con una variedad domesticada para transferir características útiles y descartar las innecesarias. Esto están haciendo con 19 de los cultivos de los que encontraron parientes silvestres, pero habrá que esperar bastante (de 10 a 20 años o más) hasta que creen una variedad certificada que los agricultores puedan usar.

Este método de conservación y selección de semillas fuera de su hábitat natural no está exento de críticas. Hay quien sostiene que no cubrirán todo lo que necesitan salvar. Otros afirman que al alejar las semillas de sus hábitats naturales, los bancos ponen las necesidades de los investigadores por encima de las de los pequeños agricultores, que también pueden preservar la diversidad sobre el terreno. El Crop Trust indica que esta labor no solo enriquece los bancos genéticos, sino que también comparte lo que recoge el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas.

DeVries afirma que cruzar parientes silvestres con cultivos domesticados ha modificado silenciosamente los cultivos que hemos plantado y consumido durante mucho tiempo. «Si no tenemos adquisiciones vivas de los parientes silvestres, no podremos cruzarlos. Es una labor importantísima y, como genetista de cultivos, me emociona saber que se está haciendo esto», afirma.

La parte de recopilar semillas ha terminado y el proyecto finalizará el año que viene. Se está negociando con el gobierno noruego para incrementar la financiación, ya que hasta ahora había costeado el proyecto.

«En realidad solo hemos arañado la superficie de lo que hay ahí fuera», afirma Cockel.

Aún faltan parientes silvestres y lo que se ha recopilado no pinta un panorama completo.

Por otra parte, se han rescatado semillas que ya están disponibles para criadores e investigadores. Y el equipo siente la urgencia. Dempewolf explica que han contactado con agricultores para que los ayuden antes de que concluya la preselección, una medida poco convencional que podría acortar la línea entre la conservación y la creación de un cultivo a prueba del cambio climático. «Es algo que me emociona bastante».

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