Monilia, la enfermedad que azota a los carozos

La rapidez y violencia con las que se desarrollan los ataques de podredumbre morena (Monilia sp) en la fruta de carozo se traduce en daños que –como ocurre con otras enfermedades y plagas– no se limitan a mermas de rendimiento y calidad dentro de la chacra sino que trascienden la tranquera, alcanzando sitios lejanos y sensibles como el puesto del mercado concentrador, la góndola del comercio minorista y la mesa del consumidor.

Esta secuencia genera una sucesión de dolores de cabeza y reclamos a lo largo de la cadena, que deriva en el desmerecimiento comercial del producto y, por lo tanto, en menores ingresos al productor.

El hongo en cuestión ataca primero las flores si se dan condiciones predisponentes de temperatura y lluvia como las que ocurrieron en la región esta primavera. Ocasiona la muerte de brindillas e incrementa la carga de inóculo en los cultivos. Esta infección primaria genera una situación de potencial riesgo sanitario cuando comienza la madurez, momento en que Monilia ataca de nuevo, dada su predilección por los azúcares de la pulpa de los frutos.

Las variedades tempranas escapan más a la infección, pero las tardías se llevan la peor parte (el ejemplo más conocido es el riquísimo y tal vez nunca superado Pavía de Marzo), ya que soportan una mayor presión de inóculo durante más tiempo y con variables climáticas más propicias para la enfermedad.

Una vez en el mercado, los frutos infectados contagian a sus vecinos generando los “nidos” tan temidos por los operadores comerciales.

Los tratamientos de carácter preventivo con fungicidas en floración y en precosecha son realmente efectivos. Sin embargo, estos siempre mejorarán su desempeño si se combinan –cuando sea factible en términos operativos, logísticos y financieros– con prácticas de manejo en monte, frío y empaque, que reduzcan tanto la cantidad de inóculo como la posibilidad de infección.

Las prácticas básicas de sanitización para disminuir la presión de inóculo consisten en retirar y quemar los frutos momificados de la planta, los duraznos afectados que cayeron al suelo y las ramitas infectadas. Pero también es conveniente eliminar restos de cajas, separadores y corrugados usados, erradicar ejemplares silvestres u ornamentales de especies de carozo en el entorno de la chacra, higienizar recolectores, cajones cosecheros, bines y cámaras, y realizar los habituales tratamientos de otoño e invierno en el monte, con productos cúpricos como oxicloruro de cobre, hidróxido de cobre o el viejo y tenaz caldo bordelés.

Por su parte, a fin de acotar la posibilidad de heridas por las que ingrese el patógeno, es recomendable ralear adecuadamente para minimizar el roce entre frutos, monitorear la dinámica poblacional de las plagas y si es necesario proceder a su control, aplicar fungicidas en caso de incidencia de granizo en fechas próximas a la cosecha (porque los frutos verdes son más resistentes), manipularlos con el cuidado que se merecen durante la recolección y evitar golpes innecesarios en el transporte y empaque.

Como práctica de manejo general, es aconsejable no excederse en la fertilización nitrogenada, para reducir la susceptibilidad a la infección. Con el objetivo de retrasar la aparición de resistencia es prudente rotar los fungicidas en los programas de control químico. También es beneficioso eliminar, durante la poda, ramas en exceso o mal ubicadas, con lo que se mejora tanto la cobertura del plaguicida aplicado, como la ventilación e iluminación de la planta -y consecuentemente el secado rápido luego de una lluvia.

Para facilitar la circulación de aire también resulta ventajoso mantener las malezas controladas en filas e interfilar, y tomar medidas cuando las cortinas son demasiado densas.

Finalmente, es útil evitar la sobremadurez (teniendo en cuenta que enviar al mercado frutos inmaduros para eludir la infección también se castiga comercialmente), retirar el “calor de campo” de los duraznos recién cosechados llevándolos a temperaturas cercanas a 0 ºC, y utilizar fungicidas registrados en la línea de empaque, lo que aporta además, al control de otras enfermedades de poscosecha como botrytis, penicilium y rhizopus.

En resumen, los tratamientos preventivos con fungicidas pueden incrementar su efectividad integrándolos con prácticas que reduzcan la presión de inóculo y minimicen el riesgo de infección, a fin de lograr un producto con el que ganen fruticultores, operadores comerciales y consumidores.

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