Lo ecológico (NO) está de moda

Terminaba de almorzar el viernes con el representante de una gran cadena de supermercados de Granada, en un restaurante de la ciudad. Era una persona culta, con una formación envidiable y habíamos mantenido una amena conversación sobre los temas de actualidad que llenaban los diarios de la región. Después de pronosticar los resultados de nuestros equipos en los partidos del fin de semana, llegó la hora del postre. Él pidió la especialidad de la casa, una suerte de flan con mucha nata. Yo pedí fruta, “¿es ecológica?”, pregunté al camarero…

No sé qué les ha dado ahora a todos por los productos ecológicos” contestó el representante. “Son caros, difíciles de encontrar y está suponiéndome un quebradero de cabeza introducirlos en los lineales de mi tienda. Además, tienen muy mala pinta y total, es comida como otra cualquiera”.

La verdad es que no estuve comiendo con ningún representante el pasado fin de semana, pero esta pudo ser una conversación que podría haber tenido lugar en cualquier restaurante del país. Hay demasiados agentes interesados en el sector agrícola y alimentario, que se esfuerzan por hacernos creer que los productos ecológicos no tienen ninguna ventaja con respecto a los producidos de manera convencional o, mejor dicho, industrial. Diversos estudios señalan que no existe diferencia significativa entre las características nutricionales de los productos ecológicos y los convencionales; también afirman que la legislación ecológica permite el uso de elementos más nocivos para el medio ambiente (grandes cantidades de cobre o azufre, por ejemplo), en comparación con los biocidas producidos de manera sintética. Da la casualidad que estos estudios son y han sido financiados por las grandes corporaciones alimentarias o las productoras de semillas (este es otro tema…).

También corre el chisme de que las explotaciones agrícolas ecológicas son mucho menos productivas, por lo que, si se impusiera este tipo de cultivo a nivel mundial, no podríamos alimentar a todo el planeta. Sin embargo, otros estudios realizados por investigadores de la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, encontraron que los rendimientos orgánicos son aproximadamente un 19,2% inferiores a los de la agricultura tradicional, una diferencia menor que la hallada en estimaciones anteriores. Este hecho también se evidencia en estudios realizados en España, como es el caso del estudio “Comparación económica entre cultivos ecológicos y convencionales” (A.M. Alonso, R. González, L. Foraster) donde se exponen menores rendimientos debido al menor uso de pesticidas o a la baja disponibilidad de abonos orgánicos (estiércol compostado principalmente). Sin embargo, en los casos de baja intensidad en el uso de tecnologías en los cultivos homólogos convencionales, ha permitido la obtención de rendimientos similares o incluso mayores, como es el caso de frutos secos, vid y olivar. A pesar de todo, este mismo estudio señala que si comparamos los euros adicionales obtenidos por kilogramo producido de forma ecológica respecto a la convencional, el balance económico relativo es mayoritariamente favorable al cultivo ecológico, debido, entre otros, al uso de policultivos en una misma parcela.

Puede que en términos relativos las explotaciones convencionales produzcan más kilogramos por superficie, pero en este punto debemos hablar de la resiliencia de los cultivos tradicionales (variedades adaptadas un territorio, fruto de la selección realizada por los agricultores). Este concepto, nos viene a decir que, tras una perturbación, llámese granizo, inundación, ventisca…, una explotación ecológica tiende a recuperarse y a volver a su estado original mucho antes que una explotación convencional.

A esto debemos añadir que la agricultura convencional explota el 75% del suelo agrícola a nivel mundial, cuando sus alimentos sólo abastecen al 25% de la población. El resto, se alimenta de pequeñas explotaciones. Además, la agricultura ecológica ejerce de sumidero de CO2, mientras que la convencional emite grandes cantidades de este gas de efecto invernadero. Depuración de aguas, higienización de los suelos, mejora de la biodiversidad, soberanía alimentaria, beneficios para la salud del productor y del consumidor, etcétera, son otras de las bondades que podemos añadir a la agricultura ecológica.

La agricultura ecológica no está de moda en España, ha llegado para quedarse. Este hecho queda patente en el crecimiento continuo en el número de explotaciones y empresas transformadoras año tras año. Andalucía, es la punta de la lanza de este sistema, con más del 50% de las explotaciones. El sector se ha convertido en una significativa realidad económica, siendo de elevada importancia las exportaciones de estos productos ecológicos (590 M€) que contribuyen decisivamente a la balanza comercial agroalimentaria española. El pero lo encontramos en el mercado interior, que sigue estando insuficientemente desarrollado con sólo el 1% del total del mercado alimentario.

Como decía, Andalucía es la Comunidad que concentra la mayoría de explotaciones; a su vez, Granada es la provincia con mayor número de productores, seguida de Almería y Córdoba. Destaca la elevada concentración de productores en la zona norte de la provincia de Granada, estando el resto repartidos en la zona de la Alpujarra, la costa y la Vega de Granada.

Debemos pararnos a reflexionar sobre el legado que queremos que hereden las generaciones venideras y aquí, la citada Vega de Granada tiene un papel destacable, pues con el paso del tiempo ha visto mermada su superficie de cultivo, en beneficio de usos industriales y residenciales. La Vega es la depresión limitada al Norte por la sierra Subbética, y al Sur, por la sierra Bética, que ocupa un área de morfología bastante plana de aproximadamente 22 Km de longitud por 8 Km de anchura y que evoluciona entre 530 y 760 metros de altitud. Caracterizada por su alto potencial agrario, basado en una gran calidad de sus suelos y en el acceso relativamente fácil a los recursos hídricos.

El sistema de aprovechamiento de estos recursos, tanto superficiales como del acuífero, han permitido la continuidad histórica de la explotación del regadío, que ha permanecido prácticamente inalterable desde la época musulmana hasta mediados del siglo XX. Puede decirse que el reparto de las tierras y aguas efectuado en época árabe sienta las bases del sistema de aprovechamiento de los recursos hídricos del Genil y sus afluentes para el cultivo de regadío y para la definición del paisaje agrario de la Vega de Granada. Esta configuración medieval llega hasta nuestros días manteniendo su estructura esencial, consolidándose a lo largo de los siglos mediante procesos acumulativos que han modificado y/o completado el sistema, al objeto de atender nuevas demandas producidas por la transformación y evolución de la propiedad e incrementándose la extensión del regadío con la desecación del Soto de Roma a partir del siglo XVIII y con la construcción de los canales del Cacín y Albolote en el siglo XX.

Estas modificaciones en el sistema, junto la sobreexplotación del acuífero, la contaminación del mismo y el cambio de usos del suelo, hacen necesario un replanteamiento en el sistema productivo de la Vega. El cambio a un modelo de explotación ecológico se hace ahora, más que nunca, ineludible para lograr la persistencia del mismo, de la Vega y de su gente. Este cambio pasa por el empleo de asociaciones de cultivo, que sustituyan los monocultivos existentes en la actualidad. Además, el empleo de rotaciones en las mismas parcelas, asegurarán el mantenimiento de la fertilidad, así como el descenso en la incidencia de las plagas.

Cualquier cambio precisa de los conocimientos para llevarlo a cabo, lo que requiere de una adecuada formación en agricultura ecológica, englobando manejo de suelos, cultivos, sinergias, enfermedades… Para ello, Granada cuenta con Centros de formación especializados, como la Escuela Familiar Agraria (EFA) El Soto, un centro de formación profesional enclavado en el corazón de la Vega, en Chauchina, con más de 40 años de experiencia en la formación de jóvenes y de agricultores profesionales.

Ahora bien, no solo es necesaria la formación de los agricultores, también deben entrar en escena numerosos actores: administración con el fomento de políticas ecológicas, consumidores variando sus hábitos de consumo, distribuidores, cadenas de alimentación favoreciendo la presencia del producto local y ecológico en sus tiendas. Con la suma de todos estos agentes haremos que las futuras generaciones hereden un planeta mejor, podremos volver a saborear productos como los que nos ofrecían los abuelos y conseguiremos alimentarnos de una forma más sana y respetuosa con el medio.

Lo ecológico no está de moda.

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