La insaciable sed de la agricultura

La agricultura consume el 70 por ciento de todas las extracciones de agua y a su vez constituye el sector que más sufre las sequías.

Ello explica la enorme responsabilidad de producir -sobre todo con niveles racionales del líquido- para alimentar una creciente población y las amenazas y desafíos que debe enfrentar ante la creciente carencia del vital recurso hídrico.

Estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) comparan que por tonelada de cereal cosechado se necesitan mil 500 metros cúbicos de agua, equivalente a 1,5 toneladas de agua para producir un kilogramo de cereales.

Una persona, añade, necesita entre dos y cuatro litros de agua potable al día, en cambio hacen falta cerca de tres mil litros para producir los alimentos que ella debe consumir diariamente.

La industria utiliza casi el 20 por ciento del total del agua extraída y el uso doméstico el restante 10 por ciento, entre los cuales existe una competencia cada vez mayor. Pero, entre el 80 y el 90 por ciento del líquido que demandan se dilapidan de muchas formas, principal problema ante un recurso vital y finito.

Aunque el 70 por ciento de la superficie del mundo está cubierto por agua, sólo el 2,5 por ciento de la disponible es dulce y de ella igual casi el 70 por ciento corresponde a los glaciares; la mayor parte del resto se presenta como humedad en el suelo, o yace en profundas capas acuíferas subterráneas inaccesibles.

Quiere decir que menos del uno por ciento de los recursos de agua dulce del mundo están disponibles para el consumo y se pronostica que la tercera parte de los países en regiones con gran demanda del líquido podrían enfrentar escasez severa en éste siglo.

Incluso en 2025 dos tercios de la población mundial vivirán en países con carencia moderada o severa de agua.

Advertencias sobre mayores ausencias

El informe mundial sobre Desarrollo de los Recursos Hídricos 2019 ‘No dejar a nadie atrás’ advierte que de mantenerse el ritmo actual de degradación del medio ambiente natural y presiones insostenibles sobre los recursos hídricos mundiales estarán en riesgo para 2050el 45 por ciento del Producto Interno Bruto global, el 52 por ciento de la población mundial y el 40 por ciento de la producción de cereales.

El uso del agua en el mundo aumentó un uno por ciento cada año desde la década de los 80 del siglo pasado, por un mayor desarrollo poblacional, socioeconómico y cambio en los modelos de consumo.

Tendencia que se espera crezca a igual ritmo hasta 2050, con alzas del 20 al 30 por ciento por encima del nivel actual, sobre todo de los sectores industrial y doméstico.

Más de dos mil millones de personas viven en países que sufren una fuerte escasez de agua; unos cuatro mil millones padecen una grave carencia al menos un mes al año¸ fenómeno con pronósticos de crecer ante una mayor demanda y crecientes efectos del cambio climático.

Un estudio de la FAO realizado en 93 países en desarrollo señala que en varios de ellos donde escasea el líquido ya explotan las reservas con más rapidez de lo que se pueden renovar.

El balance indicó que 10 países padecen una situación crítica y satisfacer las necesidades agrícolas les obliga a extraer más de un 40 por ciento del total de sus recursos hídricos renovable; otras ocho naciones más del 20 por ciento.

Los expertos vaticinan para 2050 un aumento de la población mundial entre nueve mil 400 y 10 mil 200 millones, dos tercios de ella viviendo en ciudades, y advierten que para responder a ello la producción de alimentos deberá crecer un 60 por ciento, comparado con los niveles de 2006.

Pero, más de la mitad de ese aumento poblacional ocurrirá en África, con unos mil 300 millones más; y Asia, con un incremento de 750 millones, regiones donde hoy se concentran los mayores registros de pobreza y hambre.

El recorrido de calamidades es fácil de imaginar de no adoptarse medidas a tiempo y avanzar con mayor certeza hacia el Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU.

Por ejemplo, hoy en África Subsahariana las poblaciones rurales representan alrededor del 60 por ciento y muchas de ellas viven en la pobreza.

En 2015 tres de cada cinco habitantes rurales de esa región tenían acceso a suministro básico de agua y solo uno de cada cinco al saneamiento elemental.

Allí entre 2015 y 2016 el hambre subió de 200 a 224 millones, una de cada tres personas azotada por ese mal; que representó el 25 por ciento de los 815 millones de hambrientos a nivel global en 2016, que de hecho marcó un viraje significativo a los avances en tal sentido de la primera década del milenio, impulsados por la ONU y sus organismos especializados.

En 2017 el ejército de hambrientos abarcó al 20 por ciento de la población de ese continente con 237 millones.

Un reciente informe de la Red mundial contra las crisis alimentarias, presentado por la Unión Europea, la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) en abril de 2019, advirtió que unas 113 millones de personas en 53 países experimentaron hambre aguda en 2018, que quieren necesidad de ‘asistencia urgente de alimentos, nutrición y medios de vida’.

La cifra representa 11 millones menos respecto a 2017, pero el balance de tres años 2016-2018 alertó que más de 100 millones sufrieron carencia severa de alimentos.

Esos niveles de concentración de hambruna que señala el informe recae sobre todo en las naciones africanas, con 143 millones en 42 países, como por orden de gravedad, en Yemen, República Democrática del Congo, Afganistán, Etiopía, República Árabe Siria, Sudán, Sudán del Sur y el norte de Nigeria.

Yemen es el país más pobre del Oriente Medio, escenario de conflictos por más de tres años y donde muere un niño cada 10 minutos por enfermedades curables o de hambre, y donde también, por supuesto, falta el agua y la agricultura está devastada.

Darlo todo a cambio de nada, las paradojas

Más del 80 por ciento de todas las fincas del mundo son granjas familiares de menos de dos hectáreas, pequeños agricultores que son los principales suministradores de alimentos, con aportes superiores a la mitad de la producción agrícola en muchos países.

Aproximadamente -datos de la FAO- tres cuartas partes de las personas que viven en la pobreza extrema en áreas rurales y la inmensa mayoría de los pobres rurales son, de hecho, pequeños productores que sufren de inseguridad alimentaria y malnutrición.

Esos grupos poblacionales explotan alrededor del 12 por ciento de la superficie agrícola del mundo, mientras que en las economías de ingresos bajos y medio bajos, se estima que explotan alrededor de un tercio de las tierras agrícolas totales.

En África, por ejemplo, ellos constituyen el 75 por ciento de las fincas y laboran el 24 por ciento de las tierras agrícolas.

Incluso en naciones como Bangladesh, Bolivia, Kenia, Nepal, Nicaragua, Tanzania y Vietnam, las pequeñas granjas familiares proporcionan más de la mitad y, en el caso de Kenia, hasta el 70 por ciento de la producción total agrícola. Ello denota la importancia de tener en cuenta a ese segmento productivo en cada país.

El riesgo de padecer hambre es mayor en los países con sistemas agrícolas altamente sensibles a la variabilidad de lluvia, temperatura y a la sequía severa. Destaca en ello el fenómeno de El Niño que en 2015-2016 provocó la pérdida del 50 al 90 por ciento de la cosecha en el corredor seco, especialmente en El Salvador, Honduras y Guatemala.

Globalmente suman miles de millones de dólares los desembolsos para inversiones en el establecimiento de infraestructura hídrica en zonas rurales, mayormente para el desarrollo del riego y para la producción de energía.

El riego puede contribuir a la reducción de la pobreza al aumentar la productividad laboral y de la tierra, propiciar mayores ingresos y menores precios de los alimentos.

Pero es sabido que la mayoría de los pobres rurales no son beneficiados con inversión e infraestructura, lo cual obstaculiza su acceso al agua para fines agrícolas, de consumo y domésticos.

Los expertos argumentan que el acceso al agua para la producción agrícola, aunque solo sea para el riego complementario, puede marcar la diferencia entre la agricultura como simple medio de supervivencia y la agricultura como fuente confiable de sustento.

Pero, a pesar del alto nivel de productividad del binomio agua-tierra y de su rol crucial en la seguridad alimentaria, por lo regular son subestimados al decidir el derecho de uso del agua (incluso de la tierra) como tampoco en la asignación de subsidios públicos para el establecimiento y explotación de infraestructura de riego.

En otras palabras, pese a su importante papel en el sustento alimentario, incluso en términos de desarrollo local, de economía circular y de preservación de cultivos y tradiciones, por lo regular los pequeños productores rurales, como tampoco los urbanos, reciben la debida atención, oportunidades y asignación de recursos necesarios.

Con demasiada frecuencia las diferencias en las riquezas y las capacidades económicas, así como la etnicidad y el género, provocan desequilibrios de poder e inclinan injustamente la balanza en las decisiones políticas, técnicas y jurídicas.

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