La fiebre del ‘agrobusiness’: los fondos buscan en la tierra lo que no da el mercado

Las bajas rentabilidades de los mercados financieros y los tipos de interés en mínimos explican el interés de los inversores por el negocio hortofrutícola español, todavía en fase de crecimiento.

El campo español está de moda. El sector agroalimentario se ha convertido en objeto de deseo de fondos de capital y ‘family office’ ávidos de encontrar rentabilidades atractivas en un entorno de tipos de interés negativos y mercados financieros volátiles y no aptos para los amantes del riesgo. Si la crisis económica de la pasada década atrajo a oportunistas y grandes fondos a la búsqueda de la ganga inmobiliaria o de empresas industriales con propietarios atrapados por sus inversiones en ladrillo, el ‘agrobusiness’, como ya se comienza a conocer en la jerga de los despachos de análisis de operaciones corporativas, está dando más titulares en los últimos meses que otros segmentos. No son operaciones gigantescas en volumen, pero están transformando el modelo de propiedad de muchas empresas tradicionales ligadas al campo español y propiciando procesos de consolidación. La concentración, según confiesan algunos de quienes participan en estas compras, aún tiene recorrido. El ‘buy, build & sell’ —comprar, ganar tamaño y vender— es el esquema favorito del nuevo ‘agroequity’.

El ‘buy, build & sell’ —comprar, ganar tamaño y vender— es el esquema favorito en el que se mueven los actores del nuevo ‘agroequity’

La última operación confirmada fue la comunicada la semana pasada por Miura Capital con la adquisición de la murciana Frutas Esther. El vehículo gestionado por Luis Seguí, Jordi Alegre o Juan Eusebio Pujol, ha optado por seguir dando carrete a su primera aventura naranjera, la que configuró con la familia Martinavarro creando el gigante Cítrico Global (Citri&Go). Juntos integraron a la onubense Río Tinto, al limonero alicantino Perales & Ferrer y, ahora, acaban de sumar al proyecto a la productora murciana, en la que ya participaban desde principios de mayo. La integración vertical ha permitido a Miura crear un nuevo fondo para traspasarle la primera inversión, otorgando así a sus fondistas iniciales la posibilidad de hacer caja.

No ha sido el único caso reciente. Atitlán, el brazo inversor de Roberto Centeno y Aritza Rodero, se ha estrenado también en el segmento citrícola, con la compra de Frutas Romu y planea realizar nuevas compras para ganar volumen. Su plan es buscar extensiones mínimas de 200 o 300 hectáreas cultivables con acceso a riego para crear o mecanizar explotaciones. Andalucía es la zona donde ha puesto el radar, aunque no descarta invertir en Murcia o la Comunidad Valenciana si encuentra parcelas que se adapten a su modelo. Este inversor acumula experiencia en el sector primario junto con Sovena, con quien comparte la compañía de olivares más grande del mundo, Elaia, y acaba de iniciar la puesta en marcha de explotaciones de almendros.

Abac Capital, con la compra de la almeriense especializada en hortalizas Grupo AgroponienteProA Capital, con la entrada en Moyca, productor de uva de mesa; y, como pioneros, Nazca y el árabe Investcorp, cuando el primero vendió al segundo la catalana Agromillora, son otros ejemplos similares de financieros aterrizando en el campo y tratando de buscar en la tierra lo que no encuentran en los mercados.

Hay un distanciamiento entre los grandes almacenistas y los pequeños productores, a los que el cambio de modelo aboca a la concentración

La razón de este desembarco no es otra que las buenas expectativas que genera el sector primario. España es la huerta de Europa y en el caso de las compañías adquiridas se da la circunstancia, además, de que han iniciado experiencias de internacionalización para romper la estacionalidad de su oferta y atender la demanda durante todo el año de las grandes enseñas de distribución, las que marcan los precios e imponen condiciones. Acuerdos comerciales como los que la UE ha suscrito con Sudáfrica o negocia con los países latinoamericanos [Mercosur] facilitan las importaciones en los meses en los que no hay producción en los campos españoles y muchas de estas compañías ya cuentan con explotaciones propias o acuerdos con proveedores. Esto está propiciando un distanciamiento entre los grandes almacenistas y los pequeños y medianos productores, a los que el cambio de modelo de explotación aboca también a la concentración y alianza o a sufrir pérdidas y abandonar cultivos.

Que haya víctimas y vencedores no quiere decir que el sector no se haya consolidado como un gigante en la estructura productiva del país. La industria de la alimentación y bebidas es la primera rama del sector industrial en España, con 113.593 millones de euros en valor de producción, según datos del INE recogidos en el último informe anual de la industria alimentaria española que elabora el Ministerio de Agricultura.

Sus 31.342 empresas representan el 2,5% PIB, el 24,8% del PIB industrial y el 18% la ocupación, con cerca de 500.000 trabajadores activos. Que haya tantas compañías da muchas pistas de por qué los fondos tienen bajo el radar al sector. El 96,5% de las empresas tienen menos de 50 empleados (menos de 10 el 79,8%). El carácter familiar de la mayoría y fallidos procesos de sucesión explican muchos de los traspasos. Por todo ello, es probable que el maridaje entre el capital financiero, el campo y los invernaderos siga generando titulares en la prensa económica en los próximos meses.

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