La degradación de los suelos amenaza la agricultura mundial

La degradación de los suelos amenaza la agricultura mundial

La Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO) estima que si se mantiene el actual nivel de degradación de las tierras fértiles se perdería la totalidad de la superficie apta para la producción agrícola en los próximos 60 años.

Las causas de la destrucción son las siguientes: utilización de técnicas de química pesada en la producción, deforestación masiva y generalizada que incrementa sistemáticamente la erosión de los suelos; y todo esto en el contexto del calentamiento de la atmósfera (cambio climático).

El cálculo de FAO es que 95% de la alimentación mundial proviene de la superficie labrada, que es un componente absolutamente crucial para el mantenimiento de la vida en la Tierra.

La siembra directa protege los suelos de la erosión e incrementa el porcentaje de materia orgánica en el suelo.

La siembra directa protege los suelos de la erosión e incrementa el porcentaje de materia orgánica en el suelo.

Esto hace que si se mantiene esta tendencia la tierra productiva medida en términos per cápita sería 25% menos del nivel que tenía en la década del 60’ en 30 años.

Hay que sumarle a estas tendencias ecológicas las demográficas. La población mundial superaría los 10.000 millones de habitantes en 2050, con ingresos per cápita que se triplicarían para entonces, y aumentarían en forma proporcional el consumo de recursos.

Hay una relación directa entre la degradación de los suelos y la capacidad de absorción de dióxido de carbono (CO2) y la aptitud para filtrar las aguas.

La diferencia consiste en que si el proceso de destrucción de los suelos se acelera e ingresa en un círculo vicioso, como está ocurriendo en el momento actual, menos dióxido de carbono se absorberá en un proceso acumulativo; y el resultado es que se intensifica inexorablemente el calentamiento de la atmósfera.

FAO subraya que 30 grandes estadios de futbol de tierra fértil desaparecen cada minuto en el planeta, debido a la producción agrícola intensiva y a la incesante degradación de los suelos.

Por eso el cálculo del organismo internacional es que si llevó 1.000 años generar tres centímetros de suelo fértil (“tierras negras”), esos tres centímetros de los que depende gran parte de la vida del planeta desaparecerían entre 2050 y 2060.

La respuesta es una agricultura que conserve el recurso tierra y no lo destruya. Esto es la “la siembra directa” de la cual la Argentina es uno de los líderes mundiales.

Todo consiste en incrementar el contenido orgánico de los suelos, y salvaguardar siempre y en todos los casos su vitalidad. Hay que incorporar la producción agrícola al ciclo de la vida. Este es el núcleo de la agricultura del siglo XXI.

FAO señala que hay en la tierra 1.500 gigatoneladas de carbono en la forma de material orgánico. Significa que hay dos tercios veces más carbono en el suelo que en la atmósfera; y si se incrementa el stock de carbono de la superficie terrestre 0,4% por año -cuatro partes por cada 1.000- se supera largamente el alza anual de emisiones de dióxido de carbono (CO2), que es la causa esencial del “cambio climático”.

La pandemia del coronavirus ha puesto de relieve la importancia esencial de la agricultura en el mundo, a punto de reconocerla como un componente de la “Seguridad Nacional”, ante todo en Estados Unidos.

De ahí el carácter estratégico, decisivo, de otorgarle a la agricultura toda la atención de conocimiento más avanzado del capitalismo contemporáneo, que es la biotecnología, encabezada por la ingeniería genética; y convertir a la producción de agroalimentos en bioeconomía, que es la expresión biológica de la cuarta Revolución industrial.

La agricultura capital – intensiva, que es arquetípicamente la de Estados Unidos, expresa la segunda Revolución Industrial, fundada en la industria automotriz, el motor de combustión interna, y el petróleo como insumo esencial. Es un sistema que utiliza la química pesada, los pesticidas, y bienes de capital cada vez más pesados, costosos y consumidores de energías.

También es extraordinariamente eficaz: el agro norteamericano ha triplicado su producción en los últimos 70 años, con una disminución de 75% en la fuerza de trabajo y de 24% en la tierra labrada.

Al mismo tiempo ha realizado un monumental y creciente proceso de consolidación con cuatro corporaciones que controlan 85% de la producción de carne vacuna, y ha colocado la mitad de la actividad aviaria en tres grandes empresas, todas hondamente capital – intensiva; y menos del 10% de los “farmers” (transformados en grandes unidades productivas) responden por 40% de la producción y más de 60% de las exportaciones. De ahí la producción en gran escala de carnes “alternativas” de base vegetal.

El coronavirus cuestiona la estructura básica de la agroalimentación mundial.

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