El olivar y su adaptación al cambio climático

El olivar y su adaptación al cambio climático

El cultivo de olivo ha demostrado resistencia a cambios en algunas variables climáticas; lleva en la cuenca del Mediterráneo durante unos cuantos miles de años en los que se han identificado determinadas anomalías climáticas. Según algunos modelos, el cambio climático tendrá especial incidencia en áreas cercanas a los límites de distribución del olivar. La adecuación de los marcos de plantación, la implantación de una cubierta vegetal, el triturado de los restos de poda y la reducción del laboreo del suelo son prácticas adaptativas que confieren resistencia al olivar ante un escenario de cambio climático. Aunque estas prácticas de manejo no son exclusivas del olivar ecológico, se han desarrollado en el contexto de este modelo productivo y, a priori, este modelo ofrecerá mayor grado de adaptación ante el cambio climático.

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El olivar tiene capacidad de adaptación a cambios climáticos

El olivo es un árbol robusto con capacidad para resistir temperaturas por debajo de 0 °C en invierno y soportar relativamente largas sequías estivales. Es capaz de mostrar producciones satisfactorias y con aceites de calidad en circunstancias pedo-climáticas, paisajísticas y de manejo relativamente adversas, y lo hace en una relativa amplia gama de tipologías microclimáticas englobadas en el clima Mediterráneo. Ha vertebrado la vida socio-económica y cultural de muchas áreas de la cuenca del Mediterráneo durante los últimos 3.000 años, a pesar de sufrir periodos con anomalías climáticas, y que incluyen el periodo de bonanza climática romana, la anomalía climática medieval o la pequeña era glacial. La existencia de varias centenas de cultivares de olivo con producciones decentes en una amplia gama de condiciones pedo-climáticas y las posibilidades de regular la densidad de plantación y el volumen de copa, es decir adaptar el agua de transpiración a aquel disponible en el suelo, permiten al olivarero un elevado grado de adaptación a las condiciones ambientales venideras.

Hay que ser cauto en proporcionar información demasiada categórica de cómo afectará el cambio climático al olivar en general, y al olivar ecológico en particular. Hay muchas variables que afectan, con distinta magnitud y sentido, a los numerosos procesos implicados en que la producción de aceituna un año determinado sea la registrada, algunos de ellos con alto componente de imprevisibilidad. Los olivareros saben perfectamente que olivares de la misma edad distanciados en unas decenas de pasos, con marcos de plantación iguales tiene producciones muy distintas, a pesar de que estén embebidos en una misma categoría de micro-clima. A esta imprecisión se une que las predicciones de los cambios en los principales componentes del clima (por ejemplo, temperatura y precipitación) y el grado de variabilidad inter-anual de éstos, que en la mayoría de las ocasiones no está disponible en una resolución espacial útil, no cuentan todavía con la suficiente precisión. Es decir; es tal la diversidad de olivares en términos de edad, variedad, marco de plantación, condiciones geomorfológicas, microclimáticas y paisajísticas, y tipo de suelo, entre otros muchos, y es tal la incertidumbre de las predicciones y de la forma en la que podrían afectar esos cambios a la amalgama de procesos interconectados, no necesariamente linealmente, y todos ellos con una parte de responsabilidad en el valor final de producción de aceituna, que, en nuestra opinión, sería demasiado pretensioso dar recomendaciones sobre qué hacer en un olivar concreto de una zona determinada.

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Olivar en seto en Extremadura. Foto: Cicytex.

No obstante, ya se han empezado a acumular un número suficiente de estudios (por ejemplo, Almazara 018, pág. 69), la gran mayoría esfuerzos de simulación climática (por ejemplo, Lorite et al., 2018), que muestran una tendencia de aumento generalizado del promedio de temperatura anual, especialmente en Andalucía, que se asemeja algo a un incremento anual de entorno a 0.050 °C, aunque con un rango de variación amplio. Casi todos los modelos climáticos prevén también un descenso en la precipitación media anual, particularmente para el conjunto de Andalucía, aunque con un grado de incertidumbre espacial muy grande que oscila entre reducciones de hasta el 20 % para algunas zonas del norte de Andalucía oriental y de la provincia de Cádiz hasta la inexistencia de cambios en algunas zonas de Almería. El número de días con heladas se podría reducir entre 5 y 9, y el de olas de calor podría aumentar entre 21 y 60 días a finales de los próximos 80 años. El rango de variabilidad intra e inter anual en algunos de los descriptores del clima, como por ejemplo magnitud y número de eventos de lluvias intensas o calor intenso, se podría ampliar según algunos modelos climáticos.

¿Cómo los cambios en los principales componentes de cambio climático podrían afectar al olivar?

Aunque no se disponen de estudios de una duración temporal suficiente y que recojan la diversidad de condiciones (variedades, marco de plantación y tipos de suelos, entre otros), hay algunos indicios que apuntan a cómo podrían afectar estos cambios en el olivar (Arenas-Castro et al., 2020; Lorite et al., 2018). Posiblemente los estadios fenológicos del olivar más sensibles al cambio climático son la época de floración y la etapa en la que el fruto se desarrolla y madura. El incremento de la temperatura en invierno puede reducir el número de hora frio y adelantar unos días la floración con consecuencias generalmente negativas, especialmente si coincide con niveles bajos de humedad en el suelo, condiciones que se podrían dar en zonas de olivar con bajo número de horas con frio. Si la temperatura supera ampliamente los 35 °C durante la fase del endurecimiento del fruto de finales de julio (depende de la zona y variedad entre otros) se puede impedir el normal desarrollo de parte de las aceitunas. Por otra parte, aumentos en la temperatura en invierno puede reducir el estrés por frío y descender el periodo de reposo invernal con efectos, a priori, positivos, especialmente en las zonas frías dónde está implantado el olivar. Si los incrementos en la temperatura tienen lugar especialmente en momentos en los que aquellas plagas y enfermedades muestran sensibilidad, entonces, sus incidencias se podrían reducir. Por otra parte, una reducción en la disponibilidad de agua, siempre y cuándo esta no sea acusada, puede incrementar ligeramente el nivel de fenoles en el aceite y su calidad potencial, además de reducir la incidencia de plagas y enfermedades que proliferan en condiciones de humedad o el encharcamiento radicular y enfermedades asociadas. Por el contrario, es del todo bien conocido el efecto negativo del déficit hídrico, que según las predicciones aumentaría especialmente en la mitad sur de España y durante el último cuarto de este siglo, sobre la producción de aceituna. Finalmente, un posible incremento en el número y en la severidad de eventos de precipitación extrema puede acarrear pérdidas de suelo, y por ende de capital ambiental, en olivares ya con síntomas graves de ese proceso tan destructivo.

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Resumiendo, el resultante de los efectos sobre la cantidad de aceituna y calidad del aceite son, por ahora, poco predecibles y variables en función de la zona, aunque los efectos que repercuten negativamente, que tendrán especial incidencia en áreas cercana a los límites de distribución del olivar, parecen imperar sobre aquellos positivos, especialmente en lo referente a la cantidad de aceite. Teniendo en cuenta la relación inversa entre cantidad y precio del aceite de oliva que parece plasmarse durante los últimos años, y que una proporción importante del aceite que se produce en España no tiene valor añadido, tal vez una de las estrategias con recorrido de adaptación del sector sea compensar la posible pérdida de producción de aceituna ante un escenario de cambio climático con un mayor valor añadido sin aumento sensible de coste de producción.

Algunas estrategias adaptativas del olivar al cambio climático

Mucho se puede hacer y a distintos niveles, desde el de parcela hasta nivel regional o estatal, para conferir adaptabilidad y resistencia al sector productor.

La previsible reducción de la precipitación en momentos fenológicos claves del olivo, especialmente en zonas de Andalucía, y el previsible aumento en la evapotranspiración puede conllevar una disminución en la disponibilidad de agua en el suelo y, por tanto, en la producción, en parte compensada por el aumento en la eficiencia de uso del agua ligado al aumento de la concentración de CO2 atmosférico. Estrategias dirigidas a mantener o aumentar los niveles de agua disponible en el suelo y aquellas que faciliten el grado de exploración radicular del olivo conferirán resistencia al cambio.

El re-ajuste de los marcos de plantación a las predicciones de disponibilidad de agua es, por tanto, clave, y esto contrasta con la clara tendencia actual hacia la intensificación del olivar, desde la semi hasta la super-intensificación que supone, sin duda, una creciente demanda del agua, recurso ya escaso y más demandado en un escenario de cambio climático.

En aquellas plantaciones que precisen de un cambio estratégico o ser renovadas, la introducción de múltiples variedades de olivo que permitan ampliar y redirigir la tolerancia hacía ciertos niveles de estrés hídrico y térmicos, con momentos de floración algo más tempranos, proporcionando diversidad organoléptica adaptable a un mercado cada vez más diverso, ofrecerá algo más de adaptación. La combinación de olivos con otras especies arbustivas con valor comercial y adaptadas a condiciones semi-áridas, o herbáceas de invierno y de ciclo corto, es, sin duda, otra vía a explorar en aras a la diversificación del sector.

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Entre las prácticas de manejo que han demostrado ser económica y técnicamente factibles destacan el desarrollo de una cubierta verde temporal y funcional (es decir, estable y que cubra un porcentaje de la superficie de la entrecalle cercano al 100%), espontánea o sembrada, que gestionadas adecuadamente, junto con los restos triturados de la poda, son clave en el olivar del futuro adaptado al cambio climático. La cubierta verde reduce considerablemente la pérdida de agua por escorrentía superficial y por evaporación, que sumadas puede rondar los 3.000 m3 anuales en una hectárea, además de disminuir entorno al 85 % la pérdida de suelo por erosión, que supone anualmente perder capacidad de retener agua en el suelo1 y deterioro en infraestructuras (caminos, carreteras, colmatación de embalses…) con el consiguiente gasto económico de la sociedad (Calero et al., 2019). El incremento en la retención de agua debido a la presencia de la cubierta no tiene porqué significar un aumento en la cantidad de agua disponible con respecto aquel olivar sin cubierta, porque ésta pierde agua por transpiración. Sin embargo, el agua que se pierde lo hace sin perder capacidad futura de retener agua y produciendo biomasa que proporciona otros muchos servicios ecosistémicos (secuestrar carbono, generar hábitat, etc.). Los restos de cubierta verde resultantes del desbrozado y aquellos triturados de poda contribuyen a incrementar los niveles de materia orgánica en el suelo2. La materia orgánica contribuye, junto con la actividad de los organismos del suelo, a incrementar la esponjosidad del suelo, con efectos positivos sobre la infiltración del agua de lluvia, sobre la capacidad del sistema radicular del olivo de explorar más volumen de suelo y, por tanto, de explotar más agua y sobre la capacidad de retención de agua del suelo3. Además, los restos de cubierta vegetal y de poda suponen una barrera física que además de reducir la pérdida de agua por evaporación desde el suelo disminuye las oscilaciones térmicas de éste. La cubierta vegetal y sus restos, y los efectos positivos sobre la materia orgánica del suelo, potencian el grado de micorrización de las raíces del olivo por simbiosis incrementando la eficiencia de uso del agua, la incorporación de nutrientes en plantas con estrés hídrico además de incrementar la conductividad hidráulica radicular.

Por tanto, la adecuación de los marcos de plantación, la implantación de una cubierta vegetal funcional bien manejada, el triturado de los restos de poda y la reducción del laboreo del suelo hasta el mínimo posible son prácticas adaptativas que confieren resistencia ante un escenario de cambio climático. Aunque estas prácticas de manejo no son exclusivas del olivar ecológico, y cada vez más olivares convencionales y de producción integrada las están implementando, se han desarrollado en el contexto de este modelo productivo y, a priori, ofrecerá mayor grado de adaptación ante el cambio climático.

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