¿Cómo se produce café justo en Uganda?

Los productos que consumimos de forma cotidiana nos pueden contar muchas historias. Cada uno de ellos ha hecho un viaje para llegar hasta el lineal del supermercado en el que se pone a nuestra disposición en el que ha pasado por diferentes etapas y por diversas manos.

Un ejemplo es el café. A partir de que el grano de café es recolectado, pasa por diferentes procesos en un largo viaje que termina en nuestra taza. Entre medias, se muele -si es café molido-, se tuesta, empaqueta y, por supuesto, transporta y distribuye. Todos estos procesos los hacen personas u organizaciones diferentes que incurren en unos costes y obtienen un beneficio. Pero puede haber una gran diferencia dependiendo de si el café viene a través de un circuito de comercio convencional o si es de Comercio Justo.

En una cadena de comercio convencional, la parte más vulnerable la representan los agricultores, las personas que recolectan directamente el grano de café de las plantas. Frente a ellos, hay grandes multinacionales que intervienen en la mitad final del proceso y que tratan de maximizar su beneficio presionando a la baja el pago a productores e intermediarios en el país de origen del café.

El resultado es que de los campesinos y las campesinas de café de un país como Uganda únicamente perciben un 6% del precio final del producto, mientras que la multinacional que pone la marca recibe el 50%. Y es que sólo el 11% del precio final del café se queda en el país de origen, y el 89% restante lo obtienen las grandes marcas del final de la cadena una vez que el café sale fuera de Uganda.

En cambio, en el café de Comercio Justo los agricultores perciben un 15% del precio final de venta del producto. No sólo eso, sino que además este sistema establece para el café un precio mínimo que garantiza que los productores siempre cobren una cantidad que les garantice condiciones de vida dignas, sin que tengan que verse amenazadas por las fluctuaciones de los precios del café.

Mucha gente no conoce que el precio del café cotiza en bolsa. Al tratarse de una commodity, es decir, de una materia prima con características bastante homogéneas, su precio se determina en mercados financieros asumiendo que se trata de un mecanismo óptimo para la fijación de precios. Pero ¿óptimo para quién? ¿Para los agricultores de Uganda que ven cómo el precio del que dependen para sufragar sus gastos vitales sube y baja como una montaña rusa? Probablemente no, a la luz del dato que cifra en un 42% que sobre el total representaron las negociaciones puramente especulativas entre 2006 y 2016 en la Bolsa de futuros del café de Nueva York.

Además, siguiendo con la narración del viaje que hace el café, en ocasiones se detectan etapas inesperadas en el recorrido donde ocurren cosas extrañas. Por ejemplo, en 2014 la UE importó café desde paraísos fiscales a un precio 8 veces mayor que el que entró desde Latinoamérica y 7 veces del de África. Seguro que hay algún paraíso fiscal que produzca café, pero todo apunta a que más bien se trata de una escala intermedia que realiza algún operador de café en la que infla el precio para declarar el grueso del beneficio que obtiene por el producto en un país donde no tenga que tributar. Un ejemplo más de ingeniería fiscal para eludir impuestos, en este caso con café de por medio.

Todos estos son ejemplos de comportamientos nocivos que se pueden dar en el comercio convencional de café. Evidentemente, no son la norma, en absoluto se puede afirmar que estas prácticas sean habituales. Pero sí es cierto que el Comercio Justo garantiza que no se van a dar. Y esto se debe a que el Comercio Justo pone el énfasis en que los resultados de la actividad comercial reviertan en el país de origen, y en particular en las personas que dan inicio a toda la cadena.

Pero es que además, el modelo de Comercio Justo busca que esos beneficios se socialicen, a través de medidas de desarrollo comunitario, como el pago de una prima social, que es un complemento al precio que se destina a proyectos comunitarios, o el fomento de relaciones estables o del cooperativismo, como sistema de autoorganización que genera resiliencia y mayor poder de negociación en las relaciones productivas.

Si a ello le añadimos que el Comercio Justo está apostando por una producción ecológica, sostenible y saludable, realmente quedan pocas excusas para no decidirse a probar un café que sabe mejor. Sabe mejor porque es un buen café y porque detrás tiene una historia de condiciones dignas, de desarrollo comunitario y de producción ecológica y sostenible. Un café para dormir bien.

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