Ambiente: costos y beneficios de las nuevas tecnologías

Ambiente: costos y beneficios de las nuevas tecnologías

El especialista en ambiente, Gabriel Vázquez Amabile advierte que el conocimiento es clave para hacer una agricultura más ajustada al ambiente.

“Regular actividades agropecuarias sin conocer la dinámica de los sistemas en ambientes con características diversas puede dar lugar a errores. La discusión racional y con conocimiento contribuye a prevenir discusiones emocionales que pueden derivar en una dictadura de masas urbanas sobre las comunidades rurales y las cadenas de producción ligadas a las mismas”. Así lo indicó Gabriel Vázquez Amabile, coordinador del Proyecto Ambiente de Aacrea, hace unos días.

“Tal vez, más que hablar de sostenibilidad, deberemos pensar en términos de los beneficios y costos de las nuevas tecnologías para resolver los problemas que más nos preocupan y saber que siempre habrá una tecnología o estrategia nueva que solucionará un problema y podrá generar otros nuevos”, explicó el investigador.

El arado de madera de los sumerios no tiene gran diferencia con el arado de los farmers americanos de 1860. En ambos casos, y durante 7860 años, la agricultura fue una actividad caracterizada por el uso del animal como medio de tracción, constituyendo un oficio transmitido de padres a hijos por generaciones. Se trataba de una actividad carente de escala, sin incorporación de tecnología y que mayormente utilizaba sus propios recursos (semilla, animales de tiro, etcétera).

“En esta agricultura milenaria, el único impacto sobre el ecosistema lo constituían la erosión del suelo y la degradación por laboreo continuo. Durante este período, esta situación era resuelta mediante el abandono de tierras agotadas, o dejándolas descansar periódicamente para ser reutilizadas meses o años después. Aquí la naturaleza hacia su trabajo y, si no lo podía resolver por llegar a un grado de degradación irreversible, la humanidad contaba con suficiente territorio para mudarse a tierras más fértiles”, comentó Vázquez Amabile.

Con la mecanización de la agricultura, que llegó entre fines del siglo XIX y principios del XX, la actividad cobró otra dinámica al incorporar el uso de energía fósil para utilizar tractores y herramientas más potentes, incrementando su escala, incorporando tecnología, demandando más capital, mayor mano de obra y una cantidad creciente de insumos.

Los efectos perjudiciales de la nueva agricultura comenzaron a observarse en varios países con gran preocupación. En Oklahoma (EE.UU) la erosión eólica provocó una emigración en masa de sus farmers en la década del ’30 debido al laboreo de tierras arenosas que hasta ese entonces no habían conocido el arado. En aquellos años algo similar, aunque en menor escala, sucedió en zonas del este de La Pampa, oeste de Buenos Aires y sur de Córdoba, generando gran preocupación y dando lugar en 1944 a la creación del Instituto de Suelos y Agrotécnica (precursor del INTA) y también al Movimiento CREA a fines de la década del 50.

“Esta preocupación por el cuidado del suelo, como único impacto de la agricultura sobre el ambiente, fue materia de estudio por décadas en Argentina y dio impulso a la adopción de la siembra directa, que cubre hoy casi la totalidad de las hectáreas cultivadas del país”, recordó el investigador.

Esa revolución tecnológica dio por tierra con un paradigma de casi 8000 años, el cual sostenía que era impensable sembrar sin laborear el suelo. La adopción de la siembra directa minimizó la erosión (logrando niveles inferiores a los límites críticos admitidos de pérdida de suelo) y permitió recuperar suelos degradados y evitar la degradación de nuevas tierras de cultivo.

“El sistema de siembra directa volvió a cambiar la agricultura, demandando menor energía fósil, pero utilizando más fertilizantes y agroquímicos para el control de malezas. La incorporación de biotecnología ha ido también disminuyendo el uso de insecticidas y la incorporación de otras tecnologías y conocimiento ha hecho más eficiente el uso de los recursos agua, radiación y suelo”, comentó el investigador.

A partir de 2009 el Movimiento CREA decidió enfocarse en el estudio de tales cuestiones al crear el “Proyecto Ambiente”, el cual lleva realizados muchísimos trabajos, entre los cuales se incluyen el seguimiento de las propiedades edáficas en tierras de desmonte del NOA, NEA y Chaco Santiagueño (aspecto en el cual se está trabajando en la validación de un modelo de dinámica del carbono con un investigador del USDA); análisis de indicadores que permiten comparar diferentes escenarios de cultivos y rotaciones no sólo por margen económico, sino también por balance y eficiencia energética por hectárea y tonelada a de grano, emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs), balance de nutrientes, aporte de carbono total, grado toxicidad promedio de los agroquímicos utilizados, etcétera; evaluación de riesgo de contaminación de napas y cursos de agua con INTA Castelar y el CREA Henderson Daireaux

“En el área de GEIs realizamos un trabajo para el PNUMA de evaluación de tecnologías que permitan mitigar las emisiones en agricultura y ganadería, cuyos resultados están publicados en las páginas del MINCyT y de PNUMA. También realizamos un estudio de las emisiones de la cadena de la carne bovina en Argentina en conjunto con la UNTREF para el Minagri y actualmente estamos realizando el inventario de Gases de la República Argentina para Agricultura, Ganadería y Cambio de uso del Suelo y Forestación de 2010 a 2012 junto con la Fundación Torcuado Di Tella y un técnicos de la Universidad de La Plata”, comentó Vázquez Amabile.

“Todas estas actividades tienen en común la voluntad de aprender y sobre todo de generar información donde vemos que es necesaria y hacerlo siempre en conjunto con investigadores e instituciones que saben mucho más que nosotros”, concluyó.

FUENTE: mitreyelcampo.cienradios.com

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