Agricultura intensiva: tan sostenible como los sistemas tradicionales

La agricultura intensiva ha sido sometida a una dominante crítica y visión desfavorable frente a su importante contribución a la economía y producción de alimentos sostenible, principalmente, por el impacto estético de sus estructuras sobre los campos de tierra agrícola.

Sin embargo, un estudio reciente pone en jaque esta visión, a la que desestima con cifras numéricas y, sobre todo, desde un análisis profundo del aporte al que están obligados y deben comprometerse los diferentes agentes sociales relacionados con la producción hortofrutícola (agricultores, industria auxiliar, comerciales, estados y consumidores) para un efectivo desarrollo sostenible de la sociedad.

Agricultura en el mundo

Aunque parezca mentira, hoy día la agricultura y la ganadería resultan la principal amenaza para la vida en el planeta tierra: para alimentar a toda la población existente, estas actividades ocupan ya el 43% de la tierra disponible, sin incluir desiertos y regiones heladas donde esta no se puede practicar. De este modo, la agricultura intensiva se impone como una forma necesaria de producción hortofrutícola para garantizar la alimentación y disponibilidad de tierras destinadas al desarrollo de la vida y el espacio natural, en el presente y de cara al futuro.

El estudio, publicado en Nature Sustainability, se planteaba cuestionar una serie de ideas extendidas y arraigadas entre la población mundial por las que se cree que la agricultura intensiva no es tan sostenible como lo es la tradicional o ecológica. Para ello, compara una serie de costos ambientales como una serie de parámetros de medida del impacto medioambiental de estas dos agriculturas: emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), uso de agua, filtración de nutrientes (nitrógeno y fósforo) y ocupación de tierra.

Productividad y externalidades de la agricultura

Según la interpretación de los resultados, el estudio se puede entender de dos maneras: hasta ahora se había puesto el foco en los costos ambientales por unidad de área, y no por unidad de producto, lo que penalizaba al sistema de producción intensiva. Sin embargo, poniendo el foco en los costos por unidad de producto, los resultados desvelan que la agricultura tradicional necesita más tierra por unidad, lo que hace al invernadero más productivo.

Lo hace aún más si consideramos las ventajas que ofrece la tecnología agrícola aplicada a la producción intensiva de hortalizas. Por eso, la filial de la empresa española NOVAGRIC México, ha apostado por intensificar su presencia y cobertura del mercado nacional (estará en AgroAlimentaria, stand 844-5), permitiendo una mejora de la accesibilidad local al desarrollo de proyectos integrados de invernaderos de alto rendimiento con compromiso sostenible: optimización de estructuras según objetivo, sistemas de control climático, humidificación y ventilación automatizados, fertirriego convencional o adaptado a la producción ecológica, canales para drenaje de aguas, filtrado y potabilización, o equipos para la desinfección por ozono.

En el futuro, la producción de alimentos exigirá arrebatarle menos superficie al entorno natural para el desarrollo de la vida y, por tanto, la sociedad será dependiente de la producción bajo techo. Un sistema tradicional, por tanto, puede tener menos externalidades por hectárea, pero también es menos productivo, con lo cual, en suma, un sistema intensivo necesita menos área de cultivo con los mismos o menores impactos medioambientales (entendido el mayor consumo de hectáreas como una externalidad).

Una de las desventajas del estudio es que este no incluye el uso de pesticidas entre las externalidades con coste ambiental; sin embargo, existen alternativas para reducir su uso, como la desinfección de suelo agrícola y el agua de riego de forma ecológica con ozono, o el control biológico de plagas, además de otras muchas que vendrán, siempre y cuando se destine y mantenga la inversión en investigación.

La sostenibilidad es una tarea de todos los actores sociales

Aunque la clave de la cuestión sigue siendo que la intensificación de la producción rebajará la presión sobre las tierras de los espacios naturales que quedan, esta lleva a su vez a la intensificación de la demanda: cuando es posible mejorar las cifras de producción, se colocan más alimentos en el mercado y la demanda comienza a incrementarse. El consumo desmedido de esta producción extra hará que los costes ecológicos que hemos ahorrado trasladando la producción tradicional a bajo techo, se diluyan por el incremento de la demanda y la necesidad de intensificar aún más la producción.

La clave podría estar más en la inversión e investigación en ecológico, de forma que la intensificación de la demanda tenga el menor impacto medioambiental posible y, a su vez, en equilibrar la oferta y demanda de alimentos con una distribución más justa para que la producción excedentaria no acabe en la basura.

En Francia, por ejemplo, ya se han tomado medidas al respecto limitando la producción de fruta fuera de temporada en invernadero durante el invierno, por el alto coste e impacto medioambiental que suponen los sistemas de calefacción.

Por tanto, es importante que los agricultores entiendan que tomar este tipo de medidas permite avanzar hacia la sostenibilidad, pero nunca será posible si la población no se conciencia de que la demanda de productos fuera de temporada ha de reducirse, e incrementarse la de temporada, siendo así más justa y menos selectiva.

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