Agricultura familiar como nuevo foco de innovación

El 80% de la producción de los alimentos del mundo se genera en tierras gestionadas por pequeños agricultores, que solicitan ser más partícipes en los avances del sector.

Cuenta el genetista José Esquinas que un grupo de expertos europeos fue al Banco de Semillas de Etiopía y tomó varias muestras para estudiar en sofisticados laboratorios sus propiedades. Las enumeraron y, tras dos años de investigación en Europa, informaron a los africanos de las cualidades de algunas de ellas y les asesoraron sobre cuáles sería mejor promover. Los etíopes, agradecidos, preguntaron que cuáles eran los términos de las que habían seleccionado. “Pero los europeos eliminaron los nombres locales con lenguas nativas porque no las entendían, les pusieron número”, recuerda. “Cuando vincularon números y nombres indígenas, los investigadores africanos les respondieron: ‘Sin duda nos viene bien la información precisa que nos pasáis, aunque los propios nombres indígenas ya indicaban las propiedades de muchas de ellas”, recrea Esquinas. “Son años y años de conocimiento ancestral, de prueba y error, que hay que tener en consideración. Debemos buscar la sinergia y no la contraposición entre los saberes tradicionales y las tecnologías avanzadas”, considera el especialista.

Los pequeños agricultores atesoran en su mayoría la sabiduría ancestral de la tierra. Tienen los conocimientos de sus campos, saben las propiedades de sus semillas, manejan los ritmos del sol y las lluvias… Aguardan saberes que, con innovación, ya sea en el ámbito de la tecnología, las organizaciones, los procesos o las políticas podría servir para obtener resultados más óptimos. Piden que se cuente con ellos en la infinidad de proyectos, formaciones o investigaciones multilaterales para que los avances conseguidos les beneficien. Es uno de los objetivos que se dialogan en el I Simposio internacional sobre innovación agrícola en favor de los agricultores familiares, celebrado esta semana en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma.

Cerca de 600 representantes de Gobiernos, organizaciones de agricultores, academia, sociedad civil y empresas debaten sobre cómo mejorar la producción. Siempre con perspectiva medioambiental, social y económica; los tres pilares de la sostenibilidad, inserta en el ADN de la ONU para las iniciativas del futuro. Los agricultores familiares, que producen el 80% de los alimentos del mundo, se enfrentan al agotamiento de los recursos naturales y los efectos negativos del cambio climático, la desertificación, la sequía, la degradación del suelo, la escasez de agua y la pérdida de biodiversidad. “Paradójicamente, suelen ser pobres y estar aquejados de inseguridad alimentaria”, informa la FAO en una nota. No provocan tanto cambio climático, pero lo sufren.

El desafío es manifiesto. Por un lado debe reducirse la injerencia humana en la naturaleza, y por otro habrá que satisfacer la demanda de una población que previsiblemente será de 10.000 millones de personas en 2050. La FAO estima que la producción agrícola deberá aumentar casi un 50% respecto a 2012. No obstante, también habrá que hacer esfuerzos para reducir el desperdicio de comida. Actualmente se tiran 1.300 millones de toneladas al año, un tercio de la producción total.

“Nosotros no contribuimos tanto al cambio climático. Son más los productores de agricultura extensiva, de monocultivo, que usa químicos; quien genera más emisiones. En la conciencia de los pequeños agricultores está el respeto a la naturaleza. Nosotros cuidamos la tierra”, defiende con decisión George Dixon, agricultor indio, secretario general de la Federación Internacional de Movimientos de Adultos Rurales Católicos, que cuenta con más de cinco millones de personas vinculadas al ámbito rural en los cinco continentes (de numerosas religiones), con los objetivos comunes de compartir conocimiento entre ellos, promover la reserva de las semillas y defender los derechos de los campesinos, entre otros.

“Lo más grave de todo es que estamos perdiendo nuestros recursos. Las grandes multinacionales experimentan, usan hormonas artificiales, agrotoxinas, transgénicos, venden semillas que al principio pueden ser atractivas, pero cuyo precio va aumentando después, mientras que lo tradicional y la biodiversidad desaparecen. Después además el producto es más barato y se vende mejor que el nuestro. Y son sistemas que incluso a veces cuentan con el apoyo de los Gobiernos”, argumenta Dixon en un debate abierto por sus ventajas e inconvenientes para la alimentación. Sitúa también como primordial el acceso a la tierra, que sería clave para que un agricultor decida innovar en el territorio, y se detiene en las comunidades indígenas que no quieren abandonarlas. Pone el foco además en las privatizaciones y las dificultades para obtener agua; y en las dificultades de acceso al crédito y seguros, que desmotivan para innovar. Son cuestiones también que inciden en la ausencia de jóvenes en el campo y las migraciones a la ciudad.

“La innovación es un riesgo. Hay que invertir y probablemente después no funcione. A veces podría ser negativa. Por eso estamos aquí, para ver por qué en unos sitios funciona algo y en otros no. Si es por la financiación, los conocimientos, las políticas… es interesante el intercambio de experiencias. Por ejemplo, la introducción de la quinoa en Marruecos ha sido un éxito”, declara Samy Gaiji, presidente del grupo de trabajo del simposio.

“En este encuentro nos acercamos a la innovación como algo nuevo o algo que ya existe pero se usa por primera vez en otro lugar. La mecanización en algunas zonas es innovación, el uso de un tractor o los drones utilizados por primera vez”, expone Gaiji en Roma. Una experiencia que se compagina con el entorno en el que se desarrolle. “Lo que funciona para un grupo puede que no se adapte a otra región. Todo depende del contexto y esto cambia rápido, por ejemplo por cuestiones climáticas o digitales. El contexto cuenta y quién mejor que el agricultor para conocerlo. Hay investigadores que asumen la perspectiva tecnológica, pero sin contexto. Eso es una visión vertical”, reclama Donal Brown, vicepresidente asociado del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola.

“Cuantos más agricultores estén en los debate,  mejor. Tienen un conocimiento profundo de sistemas agrarios, vínculo con el territorio, conocimientos. Pueden ser garantes de la innovación. Desde definir la agenda hasta dar las soluciones, que no siempre tienen porque ser avanzadas tecnologías. Contar con ellos da más legitimidad a los procesos y hará que se decidan a innovar”, considera Laura Lorenzo, directora adjunta del Foro Rural Mundial. “Estamos intentando desarrollar soluciones que puedan replicarse de manera sencilla, económica y sostenible en todos los países y regiones”, ha declarado el director general de la FAO, Graziano da Silva, en la inauguración del simposio. “Necesitamos comprender mejor los impulsores y procesos de la innovación, y buscar soluciones concretas, identificar intervenciones prioritarias y desarrollar estrategias para ampliar las experiencias exitosas”.

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